29 viviendas del Plan Juntos y la crónica de una lección mayor
El Plan Juntos entregó en Salto, el pasado viernes, otras 29 viviendas realizadas por modalidad de autoconstrucción. La Secretaría de Comunicación recogió el testimonio de algunos de los partícipes, quienes coinciden en reafirmar lo que otros, en diversos puntos del país, ya han dicho: el Plan Juntos facilita el acceso a la vivienda, pero sobre todo, “recupera autoestima y sentido grupal”. He ahí su principal desafío y logro.

“Ahora nadie nos la puede quitar”, le dijo una joven a su esposo, mientras apretaba con fuerza el título de propiedad de la vivienda que acababa de recibir. Al costado del improvisado escenario se reiteraban lágrimas y abrazos, incluso entre gente que llegaba “del centro”. Nada, ni siquiera el fango producto de la intensa lluvia de la noche anterior, impedía que el piso de ese barrio salteño se sintiera diferente esa tarde. Sucede siempre con el Plan Juntos: la solidaridad sale reivindicada.
Las 29 nuevas viviendas están ubicadas en el extremo sur de la ciudad de Salto, en el mismo terreno en el que hace casi dos años se levantaron las primeras siete del Plan Juntos en la zona. Se trata de viviendas apoyadas sobre platea, con pisos de cerámica, baño con todas las comodidades, acceso a todos los servicios públicos, conectadas a internet, pero sobre todo, autoconstruidas.
Todos los testimonios —de técnicos, beneficiarios, voluntarios— coinciden con una de las máximas reiteradas por los responsables del plan: el propósito del “Juntos” no es —meramente— entregar casas, sino mejorar la calidad de vida. Para eso, las paredes y techos importan mucho, pero no bastan. Dicho fin requiere, prioritariamente, recuperar autoestima y sentido grupal. Por ese motivo la autoconstrucción no es una anécdota lateral de la jornada. Es su centro.
Beatriz, una de las beneficiadas, le contó a la Secretaría de Comunicación que la noche anterior a la entrega oficial de llaves decidió dormir en la vivienda, aún sin muebles, a fin de cuidar la computadora que ANTEL entregara a cada familia. En esa circunstancia, esta jefa de hogar, según su propia confesión, repetía para sí que la situación “era un sueño hecho realidad”. Porque el techo que ahora miraba era de sus hijos, porque lo había colocado con sus propias manos y porque la tormenta que arreciaba afuera, por primera vez, permanecía afuera.
Otro de los conceptos que se reiteran: los niños primero. “Hasta ayer mis hijos dormían en el suelo. Ahora van a dormir en su propio cuarto”. “(Vengo) de no tener nada a poder darle hoy un hogar a mi hijo. Es por ellos que estamos acá”. Pero además del obvio mejoramiento de sus condiciones de vida, los niños son el receptáculo del mensaje más potente.
“No hay que ser sociólogo para saber que la pobreza suele tener muchos hijos”, había dicho el Presidente Mujica en su discurso. Efectivamente, varias decenas de niños, por momentos, se adueñaban del paisaje. Algunos veían con desconcierto la emoción de los mayores, otros mostraban su nueva casa a primos y amigos, pero todos ellos, sin saberlo, estaban asistiendo a lo que puede ser uno de los hitos decisivos de su vida: aquellas 29 viviendas amarillas pueden significar la diferencia entre el adentro y el afuera de una sociedad integrada. Y portan esos niños, a pesar del barro, una lección mayor: la solidaridad sirve.
