Discurso en la 3.ª edición de los Premios Ana Frank
Transcripción
Es un honor estar hoy aquí, en Buenos Aires, en una ceremonia que lleva el nombre de Ana Frank, una figura que nos recuerda que la barbarie nunca empieza de golpe, empieza cuando el odio se vuelve parte de nuestras vidas.
Este reconocimiento al tribunal que llevó adelante el juicio a las juntas es, antes que nada, un homenaje civilizatorio. Es el reconocimiento a un momento en que la democracia, recién salida de las noches más duras, decidió no fundirse en el olvido ni en la venganza ni en el silencio, sino en la justicia, y nunca en el odio.
Y eso no era fácil. No era fácil juzgar a quienes tuvieron el poder de las armas, del miedo y del Estado. No era fácil, ni es, escuchar, una por una, las voces de las víctimas. No era fácil transformar el dolor en testimonio, el testimonio en prueba y la prueba en sentencia. Pero ese tribunal sí lo hizo; lo hizo con sobriedad republicana y con mucho coraje institucional.
Este juicio fue, para Argentina y para toda América Latina, una señal de enorme profundidad histórica. Para los uruguayos, este homenaje tiene, además, una resonancia muy especial. Durante los años de la dictadura, miles de compatriotas, orientales, encontraron acá refugio, trabajo, familia, afecto.
Argentina fue, y es, para muchos uruguayos, una tierra donde pudieron seguir viviendo cuando su propio Estado en aquella época, por ejemplo, les había quitado trabajo, libertad y seguridad. Por eso, cuando Uruguay mira el juicio a las juntas, no lo puede mirar como algo ajeno. En ese juicio, declararon más de 800 testigos, muchos eran uruguayos.
El 14 de junio del 85, por ejemplo, Sara Méndez se sentó frente al tribunal y contó lo que le había pasado: su secuestro en Buenos Aires, el robo de su hijo Simón y su traslado clandestino a Uruguay. Ella habló. Y la justicia argentina escuchó. Ese es, quizás, uno de los gestos más importantes de aquel juicio, haber escuchado, haber tomado en serio a las víctimas, haber demostrado que una democracia puede enfrentar el horror sin abandonar sus propias reglas.
Hace unos meses, en Barcelona, tuve la oportunidad de decir que la paz no es solamente ausencia de guerra. La paz también es presencia de justicia. Aquel tribunal construyó exactamente eso: justicia como condición de paz. Y ese acto resonó mucho más allá de la Argentina. Nos enseñó que era posible responder al terror sin reproducirlo. Nos enseñó que el Estado de derecho no es una debilidad frente al horror, sino justamente lo que nos impide volvernos parte de él mismo.
Hoy, cuando en distintos lugares vuelven a aparecer discursos que banalizan la violencia, que relativizan el autoritarismo o que presentan la crueldad como eficacia, este homenaje no es un gesto hacia el pasado, es una declaración sobre el presente. Es decir, con serenidad pero con firmeza, que no hay convivencia democrática posible sin memoria, que no hay paz duradera sin justicia, que no hay futuro digno si una sociedad acepta olvidar lo que alguna vez prometió no repetir.
Porque lo que hizo aquel tribunal no quedó encerrado en una sentencia. Sigue vivo cada vez que una democracia decide cuidar la verdad, defender la justicia y no acostumbrarse nunca al horror. Lo que ustedes, lo que esos jueces, lo que la Argentina ha hecho, en esos juicios, es una señal de humanidad enorme, entendiendo a la humanidad desde ese lugar de la profunda humildad.
Porque, en definitiva, se trataba de demostrar que somos humanos y que aquellos que se creyeron dioses, o se creen dioses, lo único que hacen es generar mucho daño. Y cuando se aplica, cuando se ejecuta, cuando se actúa buscando la justicia se vuelve al lugar que la humanidad necesita para ser una sociedad mejor.
Todos nos imaginamos que la humanidad va a seguir evolucionando. Hay veces que tenemos señales de que parece no ser tan así y que vuelve sobre sus pasos el horror que creíamos extinguido. El coraje y la humildad, en definitiva, la humanidad, que estos jueces argentinos nos demostraron a todos nos hacen seguir siendo optimistas de la humanidad y el territorio en el que vivimos.
Muchas gracias.”
