Discurso en 81.° período de sesiones de la Asamblea General de Naciones Unidas

Transcripción

Palabras del presidente de la República, Yamandú Orsi, durante el debate general del 81.° período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas, el 24 de setiembre de 2026, en Nueva York, Estados Unidos.

"En primer lugar, corresponde saludar a este pueblo norteamericano que hace 250 años, un cuarto de milenio, decidió y entendió que las personas poseen derechos. Que el derecho a la vida, la libertad y la felicidad tenían que ser la guía de todo gobierno y que los gobernados deciden sobre quiénes serán sus gobernantes. Nosotros, en el sur de América, pueblos de inmigrantes también, heredamos 50 años después estos estándares. Salud. 

Comparezco ante esta Asamblea en nombre de un país joven, pero con tradiciones profundamente arraigadas. Un país que ha aprendido a lo largo de su historia que gobernar no es solamente administrar los recursos o instituciones. Gobernar es ante todo trabajar por el bienestar de las personas. Ese ha sido uno de los grandes propósitos del Uruguay. Construir una sociedad en la que la dignidad, la libertad, la convivencia y las oportunidades puedan ser parte de la vida cotidiana de sus ciudadanos.

Y si hay una palabra que resume buena parte de nuestra vocación como país, esa palabra es paz. No concebimos la paz simplemente como la ausencia de guerra. La entendemos como una construcción permanente. La posibilidad de que las personas puedan vivir, trabajar, educar a sus hijos, desarrollar sus proyectos y mirar hacia el futuro sin miedo.

Uruguay ha sido con sus virtudes, y también como todo país con sus sombras, un país que ha procurado resolver sus diferencias mediante las instituciones, mediante el diálogo y mediante la búsqueda de acuerdos. 

En esta Asamblea reafirmamos nuestra disposición permanente a contribuir con las misiones de paz con un profundo sentido de la responsabilidad y la solidaridad. Hombres y mujeres uruguayos pueden dar testimonio del valor que esta herramienta tiene a la hora de aliviar el sufrimiento y de garantizar el respeto por la vida humana de las poblaciones más indefensas. Sigan contando con Uruguay para ello. 

No somos un país de grandes estridencias, somos más bien un país de grandes convicciones. Y una de esas convicciones es que la construcción de la paz nunca se termina. No podemos darla por garantizada. Cada generación tiene la responsabilidad de volver a construirla. No puede haber paz para unos y otra paz para otros. No hay sufrimientos que importen más porque ocurren más cerca, ni vidas que valgan menos porque nacieron en otro territorio. 

Cuando las personas sufren, la humanidad entera tiene una responsabilidad. Cuando un pueblo es desplazado, cuando una familia pierde su hogar, cuando los jóvenes no encuentran salida y se ven amenazados en su salud mental, cuando un niño crece bajo el estruendo de las armas, cuando millones de personas viven en la pobreza o sin ninguna oportunidad, no podemos permanecer indiferentes. 

Tampoco podemos ser indiferentes ante el dolor que implica un estado de guerra interminable. El miedo y el dolor que genera el crimen organizado, la amenaza permanente del terrorismo, la represión que surge de la tiranía, o el sufrimiento que provoca un férreo bloqueo económico como el que sufre el pueblo cubano. 

No creemos que posicionarse de un lado o de otro de una guerra, de una confrontación o de una disputa, contribuya necesariamente a resolverla. Muchas veces, por el contrario, profundiza esas divisiones. Nuestro compromiso es otro, buscar caminos de entendimiento, abrir espacios de diálogo y contribuir a que los conflictos encuentren una salida pacífica.

Esto no significa indiferencia, no significa relativizar el sufrimiento, no significa desconocer las responsabilidades. Significa entender que la paz exige algo más difícil que tomar partido. Exige trabajar para que ese enfrentamiento pueda terminar lo antes posible. Y para eso necesitamos también recuperar algo que en ocasiones parece haberse perdido en el debate internacional: la humildad. 

Los uruguayos tenemos una expresión que resume una manera de entender la convivencia: Nadie es más que nadie. Ningún país es dueño de la verdad absoluta. Ninguna nación tiene el monopolio de las soluciones. Ninguna sociedad puede pretender que su experiencia histórica sea universal. Y ningún pueblo debería ser condenado a elegir entre modelos impuestos desde fuera. 

Nuestra forma de entender las relaciones entre países surge de esa noción de humildad. Una humildad que no significa debilidad, al contrario, significa reconocer nuestras propias limitaciones y al mismo tiempo confiar en la capacidad de los demás.

Venimos de un país diverso en sus opiniones, pero profundamente comprometido con la posibilidad de construir un futuro común. Y creemos que esa combinación, diversidad en las ideas y cohesión en el futuro, puede ser también nuestro aporte para la comunidad internacional. 

Hoy vivimos un tiempo particularmente difícil. La desigualdad extrema continúa siendo una de las grandes amenazas para la convivencia. La pobreza sigue privando a millones de personas de oportunidades básicas y las guerras continúan destruyendo vidas, comunidades y esperanza. 

Mientras discutimos sobre crecimiento, tecnología, inteligencia artificial, transición energética o nuevas formas de producción, hay millones de personas que siguen preguntándose algo mucho más elemental: cómo alimentar a sus hijos, cómo acceder a una vivienda, cómo conseguir un empleo, o cómo vivir mañana sin miedo. 

No podemos perder de vista esta realidad. El desarrollo tiene sentido cuando mejora la vida de las personas. La economía tiene sentido cuando está al servicio de la sociedad. La tecnología tiene sentido cuando amplía nuestras libertades y nuestras oportunidades. Y la política tiene sentido cuando es capaz de transformar la realidad para llevar felicidad a nuestra gente. 

Hablamos desde la experiencia de un país pequeño, alejado de los grandes centros de poder. Pero convencido de que nuestro tamaño no puede determinar nuestra capacidad de aportar y mucho menos afectar nuestra dignidad. 

Necesitamos instituciones multilaterales más eficaces, más representativas, más cerca de las personas y capaces de responder a los desafíos de nuestro tiempo. Necesitamos cooperación, necesitamos solidaridad y necesitamos también mostrar austeridad desde estos ámbitos. Pero sobre todo, necesitamos volver a confiar en nuestra capacidad colectiva para cambiar las cosas. 

Porque en el fondo la idea misma de bienestar y de progreso nace de algo profundamente humano, la capacidad de reconocer el sufrimiento y negarse a aceptar la inercia. El ser humano es creador, precisamente porque no se resigna. Percibe aquello que duele, percibe aquello que puede ser diferente y, entonces, aparece el deseo de cambiarlo. Ese deseo de cambiar es, quizás, uno de los testimonios más profundos de nuestra libertad. 

Y cuando nuestros pueblos avanzan en camino al progreso, generalmente lo hacen esgrimiendo la poderosa magia de la libertad. Sabiendo que la libertad no consiste solamente en elegir entre posibilidades, también consiste en tener los medios para transformar aquello que queremos cambiar por el bien de la comunidad toda.

Nuestra libertad se vuelve más plena cuando somos capaces de ampliar las libertades de los demás. Cuando cambiamos nuestra sociedades mediante el diálogo. Cuando construimos instituciones más justas. Cuando realizamos obras significativas que permanecen más allá de nuestras vidas. Cuando una escuela abre sus puertas, cuando un niño accede a esa oportunidad que antes no tenía, cuando una comunidad consigue superar una división. Cuando dos países que estaban enfrentados encuentran finalmente un camino de entendimiento. 

Hoy somos más de 8.000 millones de personas habitando un mismo planeta. 8.000 millones de historias distintas. 8.000 millones de esperanzas. 8.000 millones de posibilidades. No somos una humanidad terminada. Somos una humanidad que se está haciendo. Cada mañana tenemos la posibilidad de decidir qué mundo queremos dejar a quienes vienen después.

Podemos aceptar la desigualdad como inevitable, podemos aceptar la guerra como permanente, podemos aceptar la pobreza como un destino, podemos aceptar que la desconfianza sustituya el diálogo. O por el contrario, podemos elegir otro camino, el camino más difícil, pero también el más humano.

Uruguay viene hoy a esta Asamblea con esa convicción, con la humildad y el respeto propio de un país pequeño, pero también con la firmeza de quien conoce el valor de sus principios. Venimos a decir que la paz no es una utopía. Es un trabajo permanente. 

Ningún conflicto se resuelve definitivamente con más conflicto. Ninguna sociedad se vuelve más segura cuando la desesperanza se convierte en norma. Ningún país puede construir su bienestar de manera aislada. El futuro de la humanidad dependerá en buena medida de nuestra capacidad para comprender que estamos profundamente interconectados. 

Somos diferentes, pensamos diferente, tenemos historias diferentes, tenemos intereses diferentes. Sabemos bien que esto no es entre malos y buenos. Muchas veces los buenos se convierten rápidamente en malos, o los que ayer condenábamos duramente, mágicamente se transforman en referentes de nuestra alianza para el bien. Pero compartimos un mismo planeta y, en última instancia, un mismo destino.

La ONU tiene cada día más razón de existir y debe inexorablemente evolucionar al ritmo de los cambios geopolíticos que vertiginosamente se suceden. Debemos todos y cada una de las naciones que lo conforman, ser parte activa de la organización, cada quién en la máxima medida que sus capacidades le permitan.

Queda claro que el esfuerzo debe centrarse en ser una organización actualizada, debidamente respaldada, con toma de decisiones justas, que deban ser acatadas. Las fronteras de los países no pueden depender de las veleidades humanas. Sí deben ser protegidas y respetadas por ser los límites definidos para mantener identidades, idiosincrasias y sentidos de pertenencia de sus respectivas poblaciones.

No podemos seguir siendo rehenes de la voluntad de unos pocos países que se pueden contar con los dedos de una mano. Y no se puede ceder a razones de conveniencias económicas de turno.

El objetivo está claro, es lograr estabilidades duraderas que permitan que todo el esfuerzo de los ciudadanos y sus respectivos gobiernos se canalicen hacia la generación de prosperidad. Lejos, por cierto, de la destrucción y el sufrimiento que provocan las guerras. Tenemos un compromiso, hagamos honor al mismo. La historia que habrá de imponerse es la que escribamos cada día con nuestras propias acciones.

Por todo esto, Uruguay seguirá apostando por el diálogo, por el multilateralismo, por la cooperación, por el derecho internacional y por la solución pacífica de las controversias. Y sobre todo por la dignidad de cada ser humano. 

La humanidad sigue negándose a considerarse definitivamente hecha. Y esa es quizás, nuestra mayor esperanza. Que todavía podamos cambiar, que todavía podamos aprender, que todavía podamos construir, que todavía podamos elegir la paz. Y este simple hecho nos advierte finalmente de la pureza sin sombra, de la idea de que somos y nos transformamos juntos. 

Poco aporta los objetivos de la ONU utilizar solamente esta tribuna para acusar y atacar. El fuego no precisa más combustible. Aprovechemos mejor esta instancia y démosle otra oportunidad a la paz. Porque la relación entre Estados, como la relación entre las buenas personas, trae felicidad si evitamos andar a los golpes o a los codazos. 

Muchas gracias".

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