Discurso en ceremonia de bienvenida al papa León XIV en Uruguay
Transcripción
Su santidad, Papa León, bienvenido a América Latina.
Bienvenido a esta Patria Grande que lo espera y lo recibe con los brazos y el corazón abiertos. Bienvenido, querido amigo, al Uruguay.
Es un honor y privilegio poder recibirlo en esta región del mundo que ha pasado por procesos duros y dolorosos a la hora de la configuración de los estados y sus instituciones.
Pero que hoy esta región es de los pocos rincones del mundo que no tiene guerras entre países.
Y lo recibe este país, Uruguay, un país donde el Gobierno, los ciudadanos que fueron presidentes por distintos partidos políticos, junto con nuestro pueblo, podemos sentarnos todos juntos en paz y con alegría a ofrecerle este abrazo de bienvenida.
Aquí estamos.
Este es un hermoso país que se ha construido a lo largo de estos 200 años.
Usted podrá observar en esta plaza una pluralidad de voces y visiones que a lo largo de los años hemos aprendido y aprendemos a transformar nuestras diferencias y posiciones contrapuestas por momentos muy duras en un espacio común donde hacer crecer la justicia y la fraternidad.
En la oportunidad de mi visita al Vaticano también hablamos de esos momentos de encuentros y desencuentros. Tenemos tareas pendientes y tenemos nuestros dolores.
No podemos, no queremos resignarnos ni aceptar que siendo un país de renta media o renta media alta, con el producto interno per cápita más alto de la región, tengamos niveles de pobreza infantil que hoy tenemos.
No podemos permitirnos tener los actuales problemas de salud mental, incluso y en especial, en niños y adolescentes.
No podemos ni debemos resignarnos a que nuestra gente, en particular nuestros ancianos, vivan en soledad.
Por estas razones su visita es una grata ocasión para reconocer los valores que nos unen, nos impulsan y desafían a seguir poniendo el desarrollo humano integral como horizonte de toda opción política, que busque la real promoción del bien común.
Estoy convencido porque en nuestra historia así lo indica que no todo lo puede hacer el Estado y que además una sociedad no es una simple suma de voluntades individuales.
Necesitamos que nos siga acompañando en la permanente tarea de construir nuestro querido país. Como lo hicieron y lo siguen haciendo, somos conscientes de la tarea social de la iglesia y debemos ser agradecidos.
Los que los cristianos han hecho y hacen en los barrios, en las cárceles, en y por la educación. El refugio y acompañamiento que la iglesia brindó a tantos compatriotas en tiempos de dictadura son un ejemplo claro de esa vocación.
Reconocidos católicos han aportado sus ideas y su sentido de la solidaridad para la construcción de nuestra nación. Por ejemplo, la erradicación de la vivienda insalubre rural a partir de la acción del doctor Alberto Gallinal.
Pero además, este es el país del Padre Mateo y del Movimiento Tacurú.
Es el país de Perico Pérez Aguirre, incansable en su lucha por los derechos humanos.
Es el Uruguay de Casilda Aparicio y el Padre Cacho. Con su decidida y firme opción por los más potergados.
¿Y cómo olvidar a quienes estuvieron y dejaron su huella en nuestros inicios como nación junto a José Artigas, Manuel Barreiro, Monterosso, Damaso Antonio Larrañaga.
Tenemos claro, santidad, que en esta construcción conjunta que es el Uruguay, la iglesia ha sido un pilar fundamental.
Y queremos que usted también cuente con nosotros en su permanente búsqueda de diálogo y escucha en su defensa de la solidaridad y la paz. Compartimos la visión del desarrollo humano integral que supone que el bien común va mucho más lejos que la mera eficiencia. Y que la dignidad moral y espiritual es la garantía del éxito de la misión.
Como usted lo recordó en su reciente encíclica, el avance tecnológico no puede ir en contra de lo inherente a nuestra conducción humana. Y cuando afecta negativamente sobre el empleo, no podemos solo pensar en términos de porcentaje, reconversión o en clave de mera subsistencia. Estamos ante un dilema antropológico y social que usted ha identificado claramente.
Gracias por ser en este sentido una voz clara en el escenario internacional.
En este mundo de la inmediatez, de la apatía y del cansancio, el trabajo tiende a convertirse en una simple herramienta. En su encíclica Magnifica Humanitas oportunamente nos recuerda que en lugar de considerarse un instrumento el trabajo es la esencia de la condición humana.
Por eso hoy los trabajadores uruguayos y los que están aquí presentes también se suman a esta permanente lucha por la dignidad.
Personalmente admiro y agradezco el posicionamiento del Vaticano en lo que refiere a los derechos humanos y al lugar que ocupa ocupa la dignidad en sus planteos. Porque no podemos olvidar jamás, principalmente en estos tiempos, inusitadamente acelerados, que el centro sigue siendo el ser humano. Esa criatura llamada la relación y la comunión.
Compartimos y acompañamos su postura inquebrantable en favor de la solución pacífica de los conflictos. Nuestra apuesta al diálogo y al consenso que rige la actitud hacia dentro es la que los uruguayos promovemos siempre en los organismos internacionales. Los escenarios de violencia y de guerra entre los pueblos no se crean de un día para el otro.
Son climas que se preparan y se fomentan desde la desinformación y los miedos. Por esas razones que hoy más que nunca desde la política y los gobiernos tenemos la obligación de proponer otras formas de vincularnos en todos los ámbitos.
El multilateralismo es mucho más que una opción, es la invitación permanente para sentarnos a la mesa y evitar enfrentamientos que a esta altura sabemos que pueden adquirir dimensiones catastróficas. Para la humanidad, la paz, el diálogo y la negociación son el único camino posible.
En esta búsqueda compartida, como usted bien dice, no tenemos temor a ensuciarnos las manos en la construcción del Uruguay del futuro. En sintonía con la magnífica obra que usted nos propone para una escala global. Que no debe ser una sociedad inmersa en la lógica de amigo enemigo, que no debe ser el Uruguay de la polarización ni el resentimiento.
Tiene que ser una propuesta que ofrezca certidumbre fundamentalmente para nuestros jóvenes que son cada vez más necesarios. Por supuesto, que teniendo como marco la diversidad ideológica, cultural y filosófica.
Papa León, gracias por impulsar a creyentes y no creyentes a volverse protagonistas de la historia, capaces de afrontar las resistencias tanto internas como externas, en la construcción de una civilización donde el auténtico desarrollo sea siempre en base a la integración y no a la marginalización. Su presencia nos inspira y nos anima a para asumir la enorme responsabilidad que tenemos como humanidad.
No vamos a bajar los los brazos. Nuevamente, gracias por su visita. Esta casa es su casa.
Bienvenido al Uruguay.
