Sarandí Grande conmemoró el 201º aniversario de la Batalla de Sarandí

Las actividades contaron con la presencia de la intendente (i) de Florida, Andrea Brugman; el alcalde de Sarandí Grande, Maximiliano Ripoll, y otras autoridades.
La jornada comenzó sobre las 10:30 horas con el tradicional acto en el Obelisco, ubicado a pocos kilómetros de la ciudad. Allí, la maestra directora de la Escuela Nº 58, Magdalena Valdéz, estuvo a cargo de la oratoria, mientras que las autoridades presentes realizaron la colocación de una ofrenda floral.
En el marco de la ceremonia, alumnos de la Escuela Nº 58 protagonizaron un momento especial al enterrar junto al Obelisco una cápsula del tiempo que contiene mensajes escritos por los niños, como testimonio para las futuras generaciones.
Posteriormente, las autoridades y los asistentes se trasladaron a la avenida Artigas de Sarandí Grande, donde se llevó a cabo el tradicional desfile cívico, militar y tradicionalista, con la participación de distintas instituciones y agrupaciones.
La programación continuó con el acto central en Plaza Gallinal, donde hicieron uso de la palabra el alcalde de Sarandí Grande, Maximiliano Ripoll; la intendente (i) de Florida, Andrea Brugman, y el director nacional del Ministerio de Educación y Cultura, profesor Gabriel Quirici, en representación del Gobierno nacional.
Como cierre de los actos protocolares, las autoridades colocaron una ofrenda floral al pie del monumento a la Batalla de Sarandí, en un homenaje acompañado por el toque de silencio.
De esta manera, Sarandí Grande conmemoró un nuevo aniversario de uno de los acontecimientos históricos más significativos para la identidad nacional, reafirmando la memoria y el reconocimiento a quienes formaron parte de la historia del país.
Oratoria intendente (i) de Florida Andrea Brugman:
Señoras y señores, autoridades presentes, vecinos y vecinas de nuestro departamento:
Hoy nos convoca una fecha que ocupa un lugar de honor en la historia nacional. El 12 de octubre de 1825, en las proximidades del arroyo Sarandí, en tierras que hoy pertenecen al departamento de Florida, se libró una de las batallas más importantes del proceso de independencia oriental.
Han transcurrido más de dos siglos desde aquella jornada y, sin embargo, su significado permanece vivo. Porque hay acontecimientos que no pertenecen solamente al pasado: forman parte de la identidad de un pueblo, de su memoria colectiva y de los valores que cada generación está llamada a renovar.
Para comprender lo que ocurrió en Sarandí, debemos volver brevemente a aquellos años decisivos.
Tras la derrota y el exilio de Artigas en 1820, nuestro territorio había quedado incorporado al Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarve, y posteriormente al Imperio del Brasil, bajo la denominación de Provincia Cisplatina.
Y aunque la causa artiguista había sido derrotada militarmente, la aspiración de los orientales de decidir su propio destino no había desaparecido.
El 19 de abril de 1825, el desembarco de los Treinta y Tres Orientales en la playa de la Agraciada abrió una nueva etapa de la lucha. Bajo el liderazgo de Juan Antonio Lavalleja, la revolución se extendió por la campaña, sumó voluntades y obtuvo importantes éxitos militares.
El movimiento no era solo militar; expresaba una aspiración política: terminar con la dominación imperial y restablecer la capacidad de los orientales de decidir sobre su tierra.
El 14 de junio de aquel año se instaló en la Villa de San Fernando de la Florida un gobierno provisional. Y el 25 de agosto, reunida en esta misma Villa, la Sala de Representantes aprobó las leyes fundamentales que declaraban la independencia de la Provincia Oriental respecto de los poderes portugués y brasileño, disponían su unión con las Provincias Unidas del Río de la Plata y establecían el pabellón provincial.
El 24 de septiembre, se produce la victoria oriental en la batalla del Rincón, dirigida por Fructuoso Rivera. La captura de una enorme cantidad de caballos y la pérdida de hombres y recursos debilitaron la capacidad de movimiento de las fuerzas imperiales.
La respuesta brasileña fue organizar nuevas operaciones para reunir sus contingentes y frenar el avance revolucionario. Lavalleja comprendió que era necesario actuar antes de que el enemigo consolidara su posición.
Y así llegamos al amanecer del 12 de octubre de 1825.
En las inmediaciones del arroyo Sarandí se encontraron dos ejércitos de fuerzas aproximadamente equivalentes. De un lado, las tropas orientales, encabezadas por Juan Antonio Lavalleja. Del otro, las fuerzas imperiales brasileñas, comandadas por Bento Manuel Ribeiro.
Los orientales contaban con jefes que la historia nacional recuerda entre sus figuras fundamentales: Fructuoso Rivera, Manuel Oribe y Pablo Zufriategui.
Pero junto a esos nombres estaban también los soldados, los milicianos y los paisanos anónimos. Hombres de distintos lugares, unidos por una causa común, muchos de ellos con armamento desigual y enfrentados a un ejército que disponía de organización y experiencia militar.
La batalla fue, fundamentalmente, un combate de caballería. En aquella jornada quedó asociada para siempre al nombre de Lavalleja una orden que la tradición histórica ha transmitido de generación en generación:
“¡Carabina a la espalda y sable en mano!”
La frase resume la naturaleza de aquel combate y la decisión de quienes avanzaron en circunstancias difíciles.
Finalmente, gracias al ímpetu de los orientales, las tropas imperiales fueron derrotadas y emprendieron la retirada.
Sarandí se convirtió así en una victoria militar de enorme trascendencia.
Su importancia no radicó sólo en el resultado del combate. La noticia repercutió más allá de nuestras fronteras y fortaleció la causa oriental ante el gobierno de Buenos Aires y las Provincias Unidas del Río de la Plata, que terminaron declarándole la guerra al Imperio del Brasil.
Por eso debemos comprender Sarandí en su verdadera dimensión: fue un momento decisivo, pero no el final de la lucha. La independencia no se alcanzó en una sola jornada. Fue el resultado de un proceso complejo, prolongado y costoso, en el que participaron muchas generaciones de orientales.
Otra enseñanza y a la vez reflexión que nos deja Sarandí es que la historia nacional no ocurrió únicamente en las capitales ni en los grandes centros de poder. También se escribió en nuestros campos, junto a nuestros arroyos, en los caminos de la campaña y en las pequeñas poblaciones que fueron construyendo la vida de nuestro territorio.
El arroyo Sarandí es parte de esa geografía que guarda memoria. El suelo que hoy recorremos cotidianamente fue escenario de decisiones que contribuyeron a transformar el destino de una provincia y de una nación.
Honrar nuestra historia no significa quedarnos detenidos en la evocación de las glorias militares. Significa comprender qué podemos aprender de ellas y cómo transformar esa memoria en una fuerza creadora para el presente.
Los hombres de 1825 enfrentaron los desafíos de su tiempo. No tenían resueltos los problemas de la sociedad que vendría después. No podían conocer las transformaciones económicas, tecnológicas y culturales que experimentarían el Uruguay y el mundo. Pero comprendieron que el futuro no se construye desde la resignación, sino desde la voluntad de actuar.
Hoy nuestros desafíos son diferentes. Ya no se trata de conquistar la libertad en el campo de batalla. Se trata de defenderla y hacerla efectiva en la vida cotidiana.
Se trata de que nuestros jóvenes encuentren oportunidades para estudiar, trabajar, emprender y desarrollar sus talentos sin verse obligados a abandonar su tierra. Se trata de fortalecer la educación, la cultura, la producción, la investigación y el acceso a las nuevas tecnologías. Se trata de mejorar los servicios, cuidar nuestro patrimonio, proteger el ambiente y lograr que el desarrollo alcance a todas las localidades y a todos los barrios del departamento.
Se trata, también, de construir una comunidad en la que las diferencias no nos paralicen, sino que nos impulsen a dialogar y encontrar soluciones compartidas.
Ese camino tiene también una expresión concreta aquí, en Sarandí Grande. En este tercer período de gobierno del Intendente Carlos Enciso, la Intendencia ha destinado a esta ciudad más de 43 millones de pesos en obras, entre lo ya realizado y lo que hoy está en ejecución, con recursos del Fondo de Desarrollo del Interior y con el trabajo de nuestros propios funcionarios.
Se consolidó el barrio Los Troncos, con más de dos kilómetros y medio de cordón cuneta y el tratamiento bituminoso de sus calles. Se pavimentó con carpeta asfáltica la calle Lavalleja, desde Aristegui hasta la Ruta 57, y se bituminizaron las calles del barrio 12 de Octubre. Está en marcha la pavimentación de la avenida Artigas, junto con una intervención urbanística en su ciclovía. Y en la zona rural se recuperó la calzada del Paso Cruz Alta, donde por primera vez el departamento aplicó estructuras premoldeadas de hormigón.
A ello se suma el acuerdo con la Secretaría Nacional del Deporte para restaurar y modernizar la Plaza de Deportes, que incorporará canchas multifuncionales, pádel, vóley y un sector infantil.
Son obras que cambian la vida cotidiana de cada barrio. Y son, también, una manera de demostrar que el desarrollo puede y debe llegar a cada rincón del departamento.
Tenemos una historia que nos distingue, un patrimonio que debemos preservar y una identidad que se ha formado a lo largo de generaciones.
La historia no puede ser una excusa para conformarnos con lo heredado. Debe ser una fuente de inspiración para crear lo que todavía nos falta.
Que las nuevas generaciones conozcan Sarandí no solamente como el nombre de una batalla estudiada en los libros, sino como un acontecimiento que nos ayuda a comprender quiénes somos y qué podemos llegar a ser.
Hoy no necesitamos empuñar sables ni carabinas para demostrar nuestro compromiso con la patria. Necesitamos trabajar, educar, preservar nuestra memoria, cuidar nuestras instituciones y construir acuerdos que permitan avanzar.
La mejor manera de honrar a quienes lucharon en Sarandí es demostrar que la libertad que ayudaron a conquistar sigue dando frutos en una sociedad más justa, más preparada y más capaz de decidir su propio destino.
Que el recuerdo de aquella jornada nos inspire a mirar el futuro con responsabilidad y esperanza.
Y que Florida, orgullosa de su historia y consciente de su potencial, continúe siendo una tierra donde las raíces del pasado alimenten los proyectos del presente y los sueños de las generaciones futuras.
Muchas gracias.

























































