Las Rutas del Desarrollo Social: el marco común de trabajo de la Dirección Nacional de Desarrollo Social

La DINADES ordena todo su trabajo en torno a tres Rutas del Desarrollo Social (crianza, inclusión socioeducativa e inclusión sociolaboral), que atraviesan a las tres áreas por igual y buscan incidir en la pobreza estructural, llegando a las familias "a tiempo y con todo".
Virginia Cardozo, gerenta de Uruguay Crece Contigo

Un punto de partida: tres áreas, un solo techo

Hasta 2020, Uruguay Crece Contigo, el Área de Promoción Sociocultural y el Área de Promoción Sociolaboral funcionaban como direcciones nacionales independientes. Su unificación en una única Dirección Nacional de Desarrollo Social ordenó el organigrama, pero no alcanzó, por sí sola, para que la DINADES funcionara como una dirección integrada. Durante bastante tiempo siguió operando, en los hechos, como una federación de áreas: cada una con sus propias metas, su propia forma de medir resultados y, en muchos casos, sin saber con precisión qué hacía el equipo de al lado.

Ese desconocimiento tuvo consecuencias concretas. Recursos que ya existían adentro de la casa se buscaban afuera, simplemente porque no había un espacio donde las áreas se conocieran entre sí.

A partir de ese diagnóstico, la Dirección se propuso construir algo que hasta entonces no existía: objetivos comunes que atravesaran a las tres áreas, más allá del programa o la división de cada quien. De ese proceso surgieron las Rutas del Desarrollo Social.

Qué son las Rutas y qué no son

Las Rutas del Desarrollo Social son tres:

  • Ruta de acompañamiento a la crianza

  • Ruta de inclusión educativa

  • Ruta de inclusión laboral

A primera vista, es tentador asociar cada ruta a un área: crianza con Uruguay Crece Contigo, inclusión socioeducativa con Promoción Sociocultural, inclusión sociolaboral con Promoción Sociolaboral. Pero ese no es el sentido que se les quiso dar. Las tres rutas no le pertenecen a un área: tienen que estar presentes en el trabajo de todos los programas, sea cual sea su lugar en el organigrama.

Esto significa, en la práctica, que Uruguay Crece Contigo también debe aportar a la inclusión sociolaboral de las familias que acompaña. Que un equipo de cooperativas sociales también debe atender si hay infancias en esos hogares. Que un programa de enlace educativo también debería preguntarse por la seguridad económica de las familias con las que trabaja. La premisa que orienta este trabajo es sencilla de enunciar y exigente de cumplir: llegar antes, llegar a tiempo y llegar con todo.

Por qué estas tres rutas y no otro criterio

La elección de estas tres dimensiones no es arbitraria. Desde 2024, además de la pobreza por ingresos —que es muy móvil y puede mejorar de forma pasajera por una zafra— el país cuenta con un índice de pobreza multidimensional, que mide condiciones más estructurales: vivienda, clima educativo del hogar e inclusión laboral son, entre otras, las dimensiones que lo componen.

Ordenar el trabajo en torno a las Rutas significa que cada intervención contribuya a un mismo horizonte de desarrollo social. Las transferencias de ingresos cumplen un papel fundamental en la protección de las familias, pero por sí solas difícilmente modifican las dinámicas que producen y reproducen la pobreza. Nuestro desafío es que cada política aporte a transformaciones estructurales: fortalecer las capacidades de las personas, ampliar sus oportunidades de inclusión educativa y laboral, consolidar redes familiares y comunitarias y generar condiciones para trayectorias de mayor autonomía y vida digna.

Tres niveles de intervención

Las Rutas se despliegan, además, en tres niveles que deberían estar presentes en cualquier intervención de la Dirección:

  • Individual, la persona con la que trabajamos.

  • Familiar, el núcleo inmediato de esa persona.

  • Comunitario, la trama de vínculos y las redes que integra.

Este último nivel presenta hoy desarrollos heterogéneos entre las distintas áreas. Mientras algunos programas cuentan con una trayectoria consolidada de trabajo comunitario, otros se encuentran en un proceso de fortalecimiento de esta dimensión. El desafío no es homogeneizar las estrategias, sino reconocer que el trabajo comunitario constituye un componente central de la política de desarrollo social y no un complemento de las intervenciones individuales. 

Las comunidades organizadas generan capacidades colectivas, fortalecen las redes de apoyo, amplían las oportunidades de participación, favorecen la circulación de recursos y construyen condiciones que hacen más sostenibles los procesos de inclusión y autonomía de las personas y las familias. Al mismo tiempo, una presencia comunitaria sostenida permite que el vínculo del Ministerio con los territorios no quede reducido exclusivamente a la administración de prestaciones focalizadas, sino que se exprese también en la promoción de iniciativas colectivas, el fortalecimiento del tejido social y la construcción de respuestas compartidas frente a los desafíos del desarrollo.

Cómo se está materializando: los Espacios de Desarrollo Familiar y el trabajo en grupalidad

La expresión más concreta de este trabajo integrado son los Espacios de Desarrollo Familiar (EDF), que se están instalando como experiencia piloto en distintos departamentos. Cada EDF reúne, en un mismo proyecto, a equipos de las tres áreas de la Dirección junto con una organización de la sociedad civil y en articulación con la Dirección Nacional de Gestión Territorial. Su tarea combina tres componentes: atención a demanda espontánea, seguimiento de situaciones que lo requieran y acompañamiento sostenido, siempre intentando cubrir las tres rutas independientemente de por qué motivo haya llegado la familia.

Cada Espacio se diseña con las particularidades del lugar donde se instala: no hay un modelo único, sino una orientación común que cada equipo local adapta según su realidad.

A esto se suma otra vía, ya en marcha en varios programas: el trabajo en actividades grupales y de fortalecimiento comunitario. Este es un terreno donde algunas áreas ya cuentan con trayectoria acumulada. Uruguay Crece Contigo, por ejemplo, sostiene desde hace años espacios grupales con familias y referentes de crianza —desde talleres puntuales hasta dispositivos sostenidos en el tiempo— y en 2025 avanzó en sistematizar esa experiencia en un marco institucional común, con herramientas como Crecemos en Comunidad y En Ronda. Son procesos que apuntan al mismo objetivo que las Rutas: reducir el aislamiento, ampliar las redes de apoyo y construir presencia estatal sostenida en el territorio, más allá de la atención individual.

El desafío, en este frente, no es partir de cero sino ir llevando ese nivel de sistematización al resto de la Dirección, para que el fortalecimiento comunitario deje de depender de la trayectoria particular de cada área y se consolide como una línea de trabajo común.

Qué implica esto para cada equipo

Las Rutas del Desarrollo Social no son una consigna ni un cambio de nombre: son una forma de ordenar las prioridades y de medir si el trabajo de la Dirección efectivamente está moviendo la aguja en las condiciones de vida de las personas, más allá del programa específico desde el que cada quien trabaja.

Esto invita a algo muy concreto para el trabajo cotidiano: preguntarse, frente a cada familia o persona con la que trabajamos, si estamos atendiendo solamente la demanda que trajo a la puerta o si estamos identificando también las otras rutas que esa situación podría requerir. Y, sobre todo, saber que para eso no hace falta resolverlo en soledad: la propia Dirección ya cuenta, en la mayoría de los casos, con el equipo o el programa que puede aportar la pieza que falta. El desafío es, precisamente, conocerlo y activarlo.

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