El Mirador del IIBCE

Conversaciones de otoño

Todos los años, cuando llega el otoño, aparecen. En patios, veredas, jardines y parques, los hongos irrumpen como si salieran de la nada y activan una conversación conocida...
Hongos del género Aspidella en el jardín del IIBCE. Foto de Marcelo Casacuberta.

—¿Se comen?
—¿Son tóxicos?
—¿Para qué sirven?

Entre la curiosidad y la desconfianza, solemos ubicarlos rápido en una categoría: útiles o peligrosos. Una dicotomía que oscila del extremo de la micofilia —la fascinación o afinidad por los hongos— al de la micofobia —el rechazo o temor que generan—, como si no existiera nada en el medio que nos permita coexistir.

En ese gesto se pierde algo de lo que son. Los hongos, como otros organismos, tienen una importancia que no depende de su relación con las personas.

En silencio, cumplen un rol fundamental en los ecosistemas: descomponen, reciclan, hacen recircular nutrientes, transforman. Sostienen procesos que muchas veces pasan desapercibidos, hasta que dejan de ocurrir.

Los que aparecieron en el jardín del instituto son conocidos como amanita algodonosa —o Amanita foetens—, grupo al que pertenecieron hasta 2012 cuando se descubrió, mediante análisis moleculares, que en realidad es una especie saprofítica, de un género diferente: Aspidella. Crecen sobre materia orgánica en descomposición y no asociados a árboles. Sus cuerpos fructíferos, voluminosos y cubiertos de escamas blanquecinas, contrastan con el suelo. Al acercarse, revelan un rasgo menos evidente: su olor intenso (fétido).

Es importante recordar que no se deben comer hongos sin estar seguros de que son aptos para consumo humano. 

Y más allá de su aspecto o de su posible utilidad, su presencia forma parte del paisaje que compartimos, pueden deleitar nuestra vista y podemos caminar a su lado sin perturbar su existencia.

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