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Cordero místico

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***

Por Rosario Lázaro

Su única visita coincidió con la luna llena. Me acuerdo de buscarlo con los ojos por el campo inundado de blanco, de tratar de identificar sin éxito su cuerpo macizo por entre los eucaliptus y los manojos de colas de zorro. En cierto momento de la noche y desde el ventanal, llegué a distinguirlo cruzando el alambrado despacio, como si no estuviera huyendo de sí mismo, y lo vi meterse en la zona del monte nativo, junto a las vacas y las ovejas que dormían ahí, agrupadas y en paz. La luz tenue de la luna le daba ese tono de irrealidad a lo que estaba pasando, una nota precisa de adherencia del ser a la inmensidad del cosmos. Puedo recrear la luminosidad exacta de esa noche, mi despertar con un ruido apresado y notar que su cama estaba vacía, levantarme y bajar la escalera, el llegar hasta la puerta, por la que se colaba frío, para cerrarla y entonces tratar de ubicarlo alrededor de la casa a cierta hora de la madrugada, tras el ventanal que me protegía.   

Le vi la expresión descompuesta apenas se bajó del taxi que lo trajo desde el pueblo. Nos abrazamos en la terraza y luego le dije que entráramos, que estaba demasiado frío para demorarse a la intemperie. Los hombros hacia adelante, el pecho hundido, ranuras hondas en la frente, rechoncha y todo. Alrededor, como el techo de un escenario, esas estrellas tenaces del sur, que parecen punzar el cielo con una determinación dolorosa. Entramos y le indiqué que dejara la mochila sobre un banco. No me miraba a los ojos ni tampoco dejaba que yo le atrapara los suyos, exhaustos. Sin lástima, que era lo que él quería, le pregunté si quería algo de tomar:  

–¿Tenés grapa? –dijo displicente, a modo de respuesta, y se sentó en el medio del sillón del living, que horas después sería su cama.

Seguía con la campera puesta, a pesar de que adentro el calor de la estufa era notorio.   

 –No, no tengo grapa. 

–Entonces un té de yuyos, o lo que tengas. Qué calor que hace acá adentro –murmuró, aunque no se sacó la campera.

En efecto, los vidrios estaban empañados. La noche anterior había caído una helada cruda que recién se había levantado hacia el mediodía. Todo indicaba que se repetiría aquella noche. Puse a hervir agua. Después mezclé un poco de marcela con cedrón que tenía en un florero de la cocina. Mientras ambos esperábamos que saliera vapor de la tetera, él miraba la casa en la que nunca antes había estado. Se detenía en cada objeto, en cada cuadro, como si fuera un ladrón decidiendo qué robar. De tanto en tanto, hacía un movimiento brusco con el cuello, no sé si para sacarse una contractura o para terminar de provocarse otra. No preguntó nada, sino que esperaba a que yo le fuera sacando las respuestas que hace rato quería darme. 

–¿Y por qué te fuiste?

–Me pudrí. Siempre me pudro, pero esta vez me pudrí un poco más. Hacía meses que estaba trabajando más de catorce horas por día. Una mierda de laburo, siempre ahí, pendiente de una máquina que solo se mueve cuando la manejás. Vos porque trabajás en tu casa y no sabés lo que es entregarle tu sangre a alguien. 

–Bueno, eso depende de cómo se mire –respondí al embate, aunque no me escuchó. 

–Cansancio. Puro y simple. En el fondo, como no es novedad, yo solo quiero que me dejen dormir –reivindicó entonces con rabia rechinante. 

–¿Querés volver? –le pregunté, desestimando el último comentario y con el deliberado propósito de no caer en la trampa de la culpa. 

–Jamás quise trabajar ahí, ¿para qué voy a volver?

–No sé. Lo pregunto por las dudas, por si ya te habías arrepentido –dije y decidí no seguir inquiriendo. 

Yo, que para él eternamente había dormido en paz, para quien la noche era el momento de la entrega y la rendición, “no era capaz de entender la desesperación del insomne”. Eso me había gritado una vez, a punto de pegarme. Mi padre nos separó antes, pero no pronunció aquellas palabras mágicas con las que, durante la niñez, quería tapar todas nuestros desacuerdos y celos: “Los hermanos sean unidos, esa es la ley primera”. Ya era en la época en que papá estaba enfermo, ligado a un tanque de oxígeno como un astronauta, y el cerebro de nuestra madre empezaba a resquebrajarse. El viejo hizo un esfuerzo monumental por separarnos y casi cayó al piso, tratando de sostener el cuerpo inflado de mi hermano. El hijo, que los supo cuidar a los dos hasta el final, dejó que lo aplacaran. Yo, ausente, lejana en otro país, venía cada tanto a tratar de organizar un caos contrahecho, con olor a humano en descomposición, y no era capaz de darme cuenta de que nadie me daba injerencia en aquella comunión de seres.

Me quedé en silencio por miedo a destapar ese pozo en el que, desde que éramos capaces de recordar y sobre todo desde la muerte de nuestros padres, terminábamos cayendo. Por un momento, cruzamos los ojos y, aunque parezca imposible, no lo reconocí, como si de pronto hubiera alguien más en su lugar o, peor, como si él no fuera el mismo, o ninguno de los dos lo fuera. Esquivo, desvió la mirada y la volvió a posar en mi casa. Pasaba revista sin pudor. Estuvo un largo instante detenido en una escultura que había sido de nuestro abuelo paterno. Esperé que recriminara algo que no llegó.

A ese rostro extraño y demasiado familiar, que disecaba cuanto nos rodeaba, entonces, le pude observar la papada casi esponjosa, el paso del tiempo, la separación irremediable. Éramos viejos y huérfanos. Además, como si se tratara de un ajuste de cuentas, yo había perdido el sueño ingenuo y varias noches entreveía la desesperación del insomnio, como él hubiera querido vaticinar. No le comenté esto último, más por evitar la solidaridad a destiempo, que por compartir el mal común que ahora sí nos acechaba. 

–¿Me das un pucho? –preguntó de sopetón. 

–No tengo. Dejé de fumar. 

–¿Y eso? 

–Cosas que pasan –dije y caí en la cuenta de la irreverencia del gesto. 

–¿Cómo dejar en una familia de fumadores tan, tan devotos? 

Le iba a responder que perdiendo el sueño, pero no quería compartir esas intimidades que él siempre había dejado al descubierto. El pelo negro, en los mismos bucles que lo acompañaban desde bebé, le caía sobre los hombros con un montón de caspa alrededor. Se le veían los dientes y los dedos manchados de amarillo, los ojos opacos, el nerviosismo de quien espera con fanatismo el próximo cigarrillo. 

La derrotada era yo: puedo decir que no esperaba nada a esa altura. Me puse a hacer una sopa, que algo teníamos que comer.   

***

Años antes me había visitado en Bélgica. Estaba en un buen momento. Dormía de noche e incluso roncaba. Salía de día a pasear por los museos. Hablaba con la gente y se iba al bar de forma invariable. Conoció a una mujer, como supe el día que salí de mi cuarto y los vi durmiendo enredados sobre el colchón del living. Yo tenía que entregar un trabajo para la beca con la que había ido a ese lugar, por lo que no estuve demasiado al tanto de sus andanzas. Un fin de semana después de entregar el trabajo, y justo cuando la lluvia dio tregua, le propuse pedalear 70 kilómetros a Gent. El día estaba nublado y cálido, inusual para fines de setiembre. Salimos temprano con comida en las mochilas y nos subimos a unas bicicletas herrumbradas. Pasamos caminos vecinales, bañados, junto al río Schelde durante todo el tiempo. En determinado momento, tuvimos que tomar un transbordador minúsculo para cruzarlo. Aquel capitán parecía timonear el Pequod. Al llegar a la otra orilla, nos envolvió la niebla y, por un momento, apareció un frío tenaz, poco veraniego. Mi hermano pedaleaba adelante, eufórico, sin darse cuenta. Yo estaba demasiado cansada y quería tirarme al costado de la ruta. Pero nuestras bicicletas siguieron avanzando por los campos de cultivo, las plantaciones de manzanas verdes, por suburbios eternos llenos de comercios agropecuarios, hasta llegar a las calles de los inmigrantes, reconocibles por la cantidad de carteles de colores, por las ofertas de combos de kebab, papas y gaseosa. 

El centro histórico de Gent demoró en aparecer, como también demoró en salir el sol, que surgió de entre las nubes hacia el final de la tarde, inundando la ciudad con una luz ocre y también rosada, iluminando el río y también las fachadas de las casas en escalera, algunas de ellas torcidas, las iglesias de torres altísimas, los vidrios sobre los canales. En ese mismo cielo, un rato después apareció la luna, pero antes habíamos ido hasta la entrada misma de la Catedral de San Bavón, donde atamos las bicicletas. Solo él entró a ver el retablo de la Adoración del Cordero Místico, del que venía hablando desde el principio del viaje. Lo esperé fumando en la puerta y, viendo que demoraba, decidí comprar una bandeja de papas fritas y dos cervezas en una cantina. Mi hermano salió de la catedral con una expresión que no le conocía. Parecía hipnotizado. Le di una de las cervezas y abrí la mía. Paré de caminar y tomé un sorbo. Era liviana y perfumada. Respiré. Lo curioso fue que él, que siempre se reía de mi incapacidad de beber y caminar al mismo tiempo, no hiciera el chiste de siempre, el de mi torpeza, sino que siguiera absorto por el influjo del retablo. 

–Le sale un chorro de sangre al pecho al cordero –contó a borbotones, sobrecogido. –Y el animal está en otra. Un montón de gente de gala alrededor y el cordero impávido, como diciendo que puede soportarlo. No sabés lo que es la luz, el paisaje perfecto, los detalles… Les llegás a ver los dedos de las patas a algunos fieles. 

Por la vehemencia, creí que iba a contar algo más del retablo, de las seis tablas, de aquella que yo sabía que era una réplica, porque habían robado el original, pero no, no siguió contándome por qué tendría que haber entrado a la catedral y pagado el par de euros que costaba el ingreso al famoso cordero. De pronto, como si lo hubiera planeado, como si toda la visita fuera un preámbulo, se despachó: 

–Siempre hay alguien que paga por los demás –dijo entonces mi hermano con rencor, con ganas de hacer salir un chorro de sangre de mi pecho, hasta que me desangrara a sus pies, como correspondía a la justicia divina. 

Quedé aturdida, anonadada. Nunca hubiera esperado ese comentario, o sí. Lo cierto es que me había metido el cuchillo hasta el fondo de las tripas. 

Caminé a su lado sin escuchar lo que seguía diciendo. Tal vez no dijo nada más, imposible saberlo. Al rato me sugirió que nos sentáramos en la explanada de Korenlei, incluso me tiró del buzo para que lo hiciera. A esa altura, se reía de alguien, como siempre. Un grupo de gringos gritaba algo que resonó contra los edificios y el río. Con voracidad, él comía una papa atrás de otra. Para no mirarlo y que notara las lágrimas que me nublaban los ojos, yo enfocaba el concierto de torres a lo largo del espacio que la vista podía abarcar. La luna llegó poco después, escalando entre esos edificios y esas construcciones desviadas. Creo que estaba llena. En realidad, no es que importe. Lo que sí recuerdo, así como se recuerdan esas cosas a las que solo una les da una trascendencia especial, es que aquel día empecé a sentir, con espanto, cuán lejos estábamos de los hermanos que habíamos sido alguna vez. Y que eso no cambiaría más. 

Por todo eso me sorprendió cuando llamó para pedir que lo hospedara un par de semanas. Comentó que hace varios días que no dormía, que estaba desesperado. Le dije que claro, que había lugar en la cabaña y que era bienvenido. 

–Podés quedarte el tiempo que quieras.

–¿Viste? Al final te voy a ir a ver de nuevo –dijo, atribuyéndole a su voluntad de no haberme visitado hasta ese momento un peso que para mí no había adquirido. 

***

Durante la cena ninguno de los dos se esforzó por mantener la conversación. Cuando terminamos la sopa, pelé dos naranjas y le compartí gajos. No lavó los platos, sino que se fue derecho al sillón. 

–Es acá que voy a dormir, 

–Sí, pero esperá que te doy unas sábanas –respondí, aunque él ya estaba acostado, con los zapatos orondos en el posabrazos. 

Aquella noche en la cabaña lo escuché, hora tras hora, resoplar en la cama. Era un espacio único y, a pesar de que su colchón estaba en el piso de abajo, junto a la estufa, y el mío en el entrepiso, no había forma de ausentarse. Compartíamos así la incapacidad de conciliar el sueño, pero él no lo sabía. Yo no quería hacer ruido, demostrarle que estaba despierta también. Había perdido la esperanza de dormir cuando, de repente, lo escuché levantarse del sofá, caminar por el piso de madera, abrir la puerta y salir al exterior. 

Pasaron algunos minutos. Sentí el frío arreciando en el piso de arriba, señal de que había dejado la puerta abierta. Bajé la escalera y vi que se había ido. La estufa estaba apagada ya y la luz de la luna entraba a baldes por el ventanal. Cerré la puerta y me quedé mirando tras el vidrio. Aunque no quería que me viera despierta, trataba de encontrarlo, con miedo de lo que pudiera pasar, si es que no había pasado ya. Los pastos parecían cubiertos de nieve, de tan blancos, y la luna suspendía el valle que bajaba en dirección al mar. Insidiosa, su luz dejaba en evidencia todo lo que la noche se guarda para sí el resto de los días. Se veían los caraguatás, como arañas, las colas de zorro inmóviles, esperando la helada, y el monte nativo, del otro lado del alambrado, una zona oscura a pesar del derroche de luz sobre el campo. Allá dormían las vacas y las ovejas. Mi hermano estaría escondido ahí, pensé para tranquilizarme, pero enseguida lo vi, o me pareció verlo, cruzando el alambrado con lentitud. Se demoró segundos eternos en hacerlo. Después, al llegar al otro lado, el del monte, se paró a mirar hacia la casa. No sé qué expresión tenía, ni si le importó verme despierta a esa hora, pendiente de él, fugitivo. No me escondí. De alguna manera, quería pagar por todos, le quería sacar ese privilegio. Estuvimos un rato mirándonos, a lo lejos, hasta que él, tal vez satisfecho, o tal vez pensando en otra cosa, se dio media vuelta y corrió valle abajo.

 

***

Rosario Lázaro Igoa (Salto, 1981) es traductora literaria, además de investigadora y cronista de prensa. Se licenció en Comunicación y tiene un doctorado en Estudios de la Traducción por la Universidad Federal de Santa Catarina, Brasil. Coeditó y tradujo del portugués la antología Crónicas de melancolía eufórica, de Mário de Andrade (2016); del inglés, tradujo Dinosaurios en otros planetas, de Danielle McLaughlin (2020), entre otros. Publicó la novela Mayito (2006) y varios cuentos en antologías colectivas de Brasil, Bolivia, Francia, Paraguay y Uruguay. En Criatura, publicó las colecciones de cuentos Peces mudos (2016) y Cráteres artificiales (2021).

 

 

 

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