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Mataría a toda la Policía

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Un breve homenaje a Alberto Restuccia

Por Yanina Vidal

El 28 de agosto de 2018 Alberto Restuccia participaba de un ciclo de charlas teatrales en el bar Kalima, ubicado en Durazno y Jackson, organizado por el Colectivo de Investigación Teatral coordinado por quien escribe, para celebrar los 80 años de la publicación de El teatro y su doble, de Antonin Artaud. El invitado se hizo presente para compartir sus experiencias. El bar estaba repleto de gente de todas las edades, se notaba el gran entusiasmo y curiosidad por conocer las palabras de quien había dado un giro completo al teatro nacional. Él fue el encargado de promover al teórico francés tanto en sus poesías como ensayos teóricos y motivó, a lo largo de la historia, a muchos actores y actrices a la experimentación escénica.

En esa charla quiso definir a Artaud con una anécdota. Contó que hacía unos años lo habían invitado a actuar en el barrio montevideano Paso de la Arena, en un evento donde había mayoritariamente «adolescentes planchas», según sus palabras. Alberto no pudo con ellos, no lo dejaron hacer lo que tenía previsto y decidió dar vuelta la escena, como era tan habitual en él: le propuso a esa juventud desobediente que se subiera al escenario. Pensó que ya estaba derrotado y que los adolescentes habían triunfado en su rebeldía. Sin embargo, decidió hacerse uno con ellos, tomó el micrófono y comenzó a preguntarle a cada uno qué haría si fuera presidente de la República por un día. La consigna era que Restuccia hacía la pregunta y el adolescente contestaba con micrófono en mano, a toda voz y en el centro del escenario. Uno de ellos respondió a los gritos: «¡Mataría a toda la Policía!». Alberto remató esta anécdota didáctica ante el auditorio nocturno del bar diciendo: «¿Vieron?, eso es Artaud».

No hay forma de conocer a Restuccia que no sea por las anécdotas y recuerdos que muchos tuvimos con él. Cuando me enteré de su fallecimiento, encontré un universo de anécdotas en las redes sociales, provenientes de artistas, periodistas y personas vinculadas a la cultura. Todos lo conocíamos mediante una historia que llevaba indefectiblemente a otra historia. El domingo 28 de junio de 2020 transformó a Alberto Restuccia en un mito cargado de microrrelatos provenientes de todas las voces. Cada una con un gusto personal y particular, como solo él desde su autenticidad podía brindar. Creó un gran relato del teatro nacional, que no deja de ser el de todos los que mantenemos una relación directa o indirecta con el teatro. Esa gran historia se transformó en la potencia del teatro nacional.

El escenario soy yo

No hacía falta nada para que él se adueñara completamente del espacio y del público. Nada, absolutamente nada. Alcanzaba con su presencia. Lo demuestra la austeridad de los últimos espacios en los que actuó. Él era su propia obra y, como bien describió su amigo Carlos Rehermann, él era la vanguardia: un «monoactor» que no necesitaba que otro habitara en él.

Arriba y abajo del escenario era siempre el mismo: Alberto Restuccia. Cambió la forma de ver y hacer teatro en Uruguay, porque instaló la ruptura desde todos los lugares posibles, el de la ficción y el de la realidad. Lugares bien difusos en este caso, porque todo se mezclaba. Introdujo a Artaud e hizo posible lo que el primero no pudo: el teatro de la crueldad.

La abstracción teórica del Teatro y su doble tuvo lugar en su propia carne, para convertirse en el demonio que dejo atrás toda convencionalidad, no solo del teatro, sino de la vida misma. Así como se desprendió del teatro clásico, se desprendió de las formas clásicas de ser sujeto. Jugando con su nombre y su género, manifestando la libertad que únicamente podía romperlo todo con un aire vital donde él era la reina de la escena.

Beti o Alberto, Alberto o Beti, no importa, siendo quien quería ser demostró una enorme calidez con el público sin importar el contexto. Fue un artista que se adueñó de la escena, de los espacios y de la gente. Todo le pertenecía en la medida en que tenía la capacidad de tentar a su público únicamente con su presencia avasallante. Creaba su propia cartografía de la escena under montevideana, habitada por voluntad propia y otras veces porque no le quedaba otra, porque hacia su final no se le abrieron otras puertas.

Sandra Massera, amiga del actor, lo recuerda actuando en el Museo del Vino, donde el techo era muy bajo y unas pocas mesas ocupaban el espacio. Todo esto era más que suficiente, porque su histrionismo y carisma completaban todo. «Ustedes las mujeres sí que tienen oportunidad de usar ropas hermosas. ¡Mírense, mujeres, qué volados, qué encajes, transparencias y escotes! Una maravilla el atuendo femenino». Lo recuerda como un performer en todo sentido de la palabra, porque sabía cautivar y atrapar al público, integrándolo al regocijo de la escena, pero siempre estuvo comprometido políticamente, como animal político, haciendo teatro para todos, desde su propia presencia, genuino y audaz, sin temerle al qué dirán y con la espontaneidad como bandera.

Desafiante e inquieto, como es recordado, trabajaba con una gran libertad, riéndose de toda hipocresía del lobby. Las convenciones estaban hechas para que él se riera y mostrara el lado absurdo de la vida, que no es otra cosa que una teatralidad constante. Massera remata su recuerdo diciendo que era «un actor en el sentido social y político». No era una militancia de la vida únicamente para los aplausos. Eso no importaba, porque siempre se salía con la suya. Traspasaba las barreras de lo esperado, del orden y de la norma.

Gracias a su conocimiento fluido del inglés y el francés, instaló las lecturas y a los autores que cambiarían el rumbo del teatro nacional a inicios de los sesenta. Fue entonces que comenzaron a sonar nombres como el ya mencionado Artaud, Adamov, Ionesco y Beckett. Este flujo de textos y experimentaciones con la teatralidad trajo la ruptura al teatro nacional, revitalizó las formas de creación y encendió la mecha para algo auténtico y mordaz. Claro está que los grandes cambios muchas veces generan rechazos y que todo lo que no está normativizado es visto con gran desprecio.

Así fueron los comienzos de Teatro Uno, junto a su compañero e increíble actor, según palabras de Lisa Block de Behar, Luis Cerminara, quien realizó en estos inicios un unipersonal en el que corrompió textos de Shakespeare. Quien se pare a analizar la contemporaneidad del teatro se dará cuenta de que ellos lo hicieron todo antes que el resto. Parece que no puede hablarse ni de rebeldía ni de ruptura sin tener presentes estos nombres y este elenco. Sucede que muchos deciden llevar esta bandera a través del olvido, pero más que nada de la indiferencia y desconocimiento de la historia del teatro uruguayo.

Desde una vertiente puramente artaudiana, donde prevalece la ruptura de la literatura, Restuccia en Teatro Uno no quería, en primera instancia, crear obras teatrales, sino experiencias escénicas. Movilizar al público era su meta, incitar al despliegue renovador que el teatro necesitaba con gran urgencia. Este quiebre parricida con la tradición perduró para instalar una nueva sensibilidad y una forma de presenciar las artes escénicas. Por eso es la vanguardia del teatro uruguayo, porque no se parece a nada de lo que estaba en el pasado. Conseguía potenciar toda la rebeldía puesta en el escenario. Carlos Rehermann, en su tesis de Maestría en Historia y Teoría del Teatro, afirma que existió un manifiesto del que no quedan rastros. Todo hace pensar que nuestro movimiento es uno y a través de un solo hombre: Restuccia.

Anormal, animal

Así como los movimientos de vanguardia llegaron a su fin, esta vanguardia teatral uruguaya llegó a su fin. Restuccia se cansó de ser el rupturista, porque entendía, según palabras de Álvaro Ahunchain, que ese teatro era demasiado hermético como para llegarle verdaderamente al público. Separado de Cerminara, apostó a un teatro más cercano al espectador y así pasó al Teatro Tablas, lugar donde puso en escena Esto es cultura animal, un unipersonal de humor. Luego del gran éxito decidió realizar el lado B de esta obra, que se tituló Esto es locura, anormal, con un tono más oscuro e irónico.

Restuccia improvisaba parte de su espectáculo buscando palabras al azar en un diccionario. Cuando elegía una palabra, la nombraba, la definía como aparecía en el diccionario y, a partir de allí, improvisaba.

Álvaro Ahunchain asistió un día en que encontró en el diccionario la palabra «inesperado», recuerda. Ni bien Alberto terminó de leer su definición, hizo un gran quejido de ahogo, agarrándose el pecho, y se dejó caer duro en el escenario. Todos rieron al instante y, mientras los segundos pasaban, se acentuaban las risas. Sin embrago, el técnico de luces y sonido, que se encontraba en una cabina detrás del público, comenzó a los gritos: ¡Alberto! ¡Alberto! ¡Alberto! El público comenzó a preocuparse seriamente cuando escucharon que el técnico bajaba la escalera estrepitosamente. Esos pasos parecían interminables, hasta que el técnico subió al escenario, tomó a Alberto con sus brazos y en un angustioso grito preguntó: «¿Hay un médico en la sala?».

Los espectadores entraron en pánico, porque en sala no había ningún profesional de la salud. Algunos subieron al escenario para ayudar al técnico a levantar el cuerpo de Alberto y así poder llevarlo a la emergencia. Tras bambalinas, reaccionó y aclaró a quienes subieron a asistirlo que todo era puro teatro. Nuevamente en escena agradeció al público por sentirse tan querido.

Cruzar la línea de la ficción era lo familiar en Alberto. Más allá de que todos conocieran sus trucos, siempre era capaz de ganarle al otro haciéndolo caer en su trampa. Esta vez caímos, pero ya no reímos junto a él. Basta con que reconozcamos que todavía es querido y permanece vivo y tramposo en nuestros recuerdos, jugando y saliéndose siempre con la suya.

La semana del 14 de octubre de 1985, así lo recuerda Lisa Block de Behar, quien invitó a Restuccia y a Cerminara a una mesa redonda donde estaría nada más ni nada menos que Jacques Derrida. Este evento tuvo lugar en la Alianza Francesa, que en aquel entonces se ubicaba en la calle Soriano, en el mismo solar donde, en una casa de la que ya nada queda, había nacido Carlos Real de Azúa. Según sus palabras, Derrida quedó asombradísimo con las interpretaciones de las poesías de Artaud que ambos hicieron. Un intelectual, un poeta, un actor, un artista completo que transgredía todo como si cometiera un delito.

Mataría a toda la Policía fue una manera de exterminar, desde su creación, los cánones artísticos, las normas de comportamiento y la mirada crítica. La Policía en la definición de Artaud son las miradas, los mandatos sociales y la cordialidad burguesa, pero también una forma de teatralidad de lo confortablemente esperado.

 

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Yanina Vidal es docente de Literatura egresada del Instituto de Profesores Artigas, magíster en Teoría e Historia del Teatro y maestranda en Historia Rioplatense por la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación. Además, es doctoranda en Letras en la Universidad de Buenos Aires. Está a cargo de los cursos de Literatura Uruguaya I y Literatura Uruguaya II en formación docente. Recibió el Premio Nacional de Literatura en la categoría ensayo en 2019 por el libro Tiemblen: las brujas hemos vuelto (Estuario, 2020). Dirige el taller de escritura y lectura en el sector femenino de la cárcel Las Rosas (Unidad 13).

 

 

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