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Ópera fugitiva, de Nelson Ferreira. 

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Un lugar en el mundo para Gabriel Reyes

Por Santiago Cortés

Alberto Zum Felde en su libro Proceso intelectual del Uruguay y crítica de su literatura, respecto de las corrientes estéticas e ideológicas que se visualizaban en nuestro país a finales del siglo XIX, señala: “Si cada época espiritual tiene su palabra simbólica, la de esta época decadente del ‘fin del siglo’ es ‘Yo’. Mas, esa soledad del Yo, ese escepticismo espiritual, y esa compleja desorientación de rumbos, trajeron consigo una inquietud profundamente dolorosa, una ansiedad indefinible, y una tristeza moral que casi afectaba a lo biológico. Esa inquietud, esa ansiedad y esa tristeza fueron la enfermedad del ‘Fin del Siglo’, que en vano procuraban curar los esplendores de un arte refinado y suntuoso hasta el preciosismo, y embriagar las voluptuosidades de una sensibilidad atormentada hasta la neurosis”. 

Ópera fugitiva, novela publicada en el 2003 y que alcanzara una segunda edición el pasado año, tiene la virtud de ejemplificar casi a la excelencia los conceptos vertidos por Zum Felde. Escrita por Nelson Ferreira y publicada casi a cien años de la época en que se ambienta e inspira, puede ser leída en cuanto historia de amor de Gabriel Reyes y Beatriz Shgirla o bien como crónica de la construcción del teatro Escayola de Tacuarembó. Como cuadro de costumbres de una villa del interior en la última década del siglo XIX, o bien como investigación de un crimen. No está exenta de pasajes que se abren a otras alternativas de lectura. Podemos abordarla como crónica de la búsqueda del origen mecánico de la vida o como pequeño esbozo de un tratado de estética --tal vez semiótica-- en ocasión de la pintura de Blanes y la música de Verdi. Por último, puede ser también leída como un correlato del proceso intelectual del Uruguay, alegorizado en el proceso intelectual que libra el joven Gabriel Reyes, su protagonista. 

En la última de estas posibilidades, el narrador y protagonista de la anécdota que el doctor Cándido lee en un palimpsesto hallado por casualidad, forja poco a poco una visión del mundo y un cuerpo de ideas que le permiten entender y relacionarse con ese mundo. 

¿Cuánto vamos descubriendo de la formación intelectual o espiritual de Reyes a medida que avanza la lectura? Apenas que lee a Bécquer y Espronceda, que es aficionado a la estética y melómano vocacional, que tiene afanes de autodidacta en medicina, ópera y arquitectura, y que forja progresivamente su pensamiento al influjo del doctor Cándido, el ingeniero Víctor L’Olivier y el Coronel Carlos Escayola. 

En este forjar su visión del mundo y buscar su lugar en él reconocemos dos procesos: uno es el que culmina con su aceptación del credo positivista que más bien hacía carne entonces en nuestra masonería, un pensamiento que estaba además en las antípodas del de quienes los habían criado. El otro es el que comienza cuando el ingeniero L’Olivier le plantea el dilema “Civilización o Barbarie”, y con él, el imperativo de resolver su adscripción a uno de estos dos estados.  

Relativo al primero de los dos procesos, es momento crucial en la novela el encuentro del joven con el pintor Juan Manuel Blanes en su taller, y especialmente su deslumbramiento ante la visión de un boceto del “Desembarco de los Treinta y tres”, episodio que el mismo Reyes recuerda con las palabras que siguen:  

“Los Treinta y Tres orientales también desembarcaron dentro de mí, ayudándome a derrotar creencias anticuadas y a comprender el entusiasmo ante el triunfo de un pueblo que deja de someterse al poder ajeno. No ha sido fácil por dentro romper con el pasado que me dominaba. Antes para hacer cualquier acción debía consultar con don Servando, el cura o el libro de catecismo” 

De ahí en más Reyes transitará cómodo con el mundo y con sus ideales, en una paz apenas alterada por el ingeniero L’Olivier que le anticipa otro problema a resolver en el dilema de Sarmiento. Tal comodidad se prolongará hasta el capítulo 32, donde asistimos a la anagnórisis de Gabriel Reyes, tan evidente anagnórisis que éste, cual moderno Edipo, siente la necesidad de arrancarse los ojos cuando cae en la cuenta de que, en la búsqueda denodada de su destino, acaba fatalmente cayendo en la verdad sobre su origen, como el rey tebano, como el Tabaré de Zorrilla de San Martín, o como nuestro Carlos Gardel.  

 

 

Foto

 

 

Santiago Cortés. Tacuarembó. 1966. Profesor de Literatura y cuentista. Tiene publicados los libros. "Música de Fantasmas", 2005, "Once cuentos más", 2011, "Epifanía y otras posibilidades", 2017. 

 

 

 

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