Óscar Padrón Favre
Perfil

Discurso del académico correspondiente en Durazno
Óscar Padrón Favre
El 30 de octubre de 2025, la Academia Nacional de Letras conmemoró el acto de incorporación de Óscar Padrón Favre como académico correspondiente en Durazno, Uruguay en la Sala Juan Antonio Lavalleja de la ciudad de Durazno.
El acto comenzó con palabras del Intendente de Durazno, Dr. Felipe Algorta, la presentación a cargo del Presidente de la Academia, Dr. Gerardo Caetano.
El discurso de ingreso del Lic. Óscar Padrón Favre se tituló Carlos Reyles y El Gaucho Florido
Galería de imágenes

De izq. a der.: Felipe Algorta, Gerardo Caetano y Óscar Padrón Favre

Carlos Reyles y el Gaucho Florido
Sr. Presidente de la Academia Nacional de Letras Dr. Ac. Gerardo Caetano y demás integrantes de esa prestigiosa institución que lo acompañan.
Sr. Intendente Departamental de Durazno Dr. Felipe Algorta Brit y otras autoridades del departamento presentes.
Queridos vecinos, amigos y ex alumnos que han tenido la amabilidad de llegar hasta este lugar histórico, Sala Lavalleja, para acompañarme:
---
En un ya lejano 1982 comencé a dar clases en el Liceo de la localidad de Carlos Reyles, más conocida como Molles, por ser el nombre de la estación del ferrocarril que le dio origen. Hasta entonces el nombre Carlos Reyles no me decía casi nada, más allá de saber que había sido uno de los destacados escritores de la denominada Generación del 900.
La carga horaria como docente era baja, por eso también sumé la enseñanza de la guitarra. Aún así me quedaba tiempo disponible, pues la frecuencia de los ómnibus era escasa, el que dediqué en ir a hablar con vecinos ya mayores –algunos casi centenarios- para recoger sus testimonios. Dos temas centraban mi interés: la búsqueda de descendientes de indígenas (que iba a concluir en mi libro Sangre Indígena en el Uruguay, cuatro años después) y la historia de Durazno. En esta última temática con el propósito de continuar la labor realizada por figuras como el Dr. Huáscar Parallada y el Prof. Pedro Montero López.
Vecinos y vecinas de esa población se abrieron generosamente a contar las historias guardadas en la familia, recibidas de padres y abuelos. En esos diálogos, que siempre recuerdo con especial afecto, comenzaron a aparecer mencionados dos Reyles. Por un lado “el Viejo Reyles” o “Reyles, el Padre” como lo identificaban. Por otro, “Reyles el hijo” o “Reyles chico” o, en menos casos, “Reyles el escritor”.
De “Reyles, el padre” era lugar común que manifestaran: “fue un gran trabajador”, “comenzó pobre y terminó con una fortuna inmensa”, “ayudó a mucha gente”, “por él fue que llegó el ferrocarril a Molles”.
De “Reyles el hijo” recogí más referencias: “tuvo una fortuna y tiró toda la plata”, “era muy inteligente, pero tenía una locura bárbara”, “era muy buen tirador con armas de fuego, desde chico le hacía a sus amigos ponerse una lata o botella en la cabeza y les tiraba sin errar nunca”; “le gustaba mucho la música española, traía artistas a su estancia que llegaban en ferrocarril hasta Molles”. Y así muchas otras.
Algo me llamó la atención desde el primer momento. Los vecinos cuando hacían sus relatos no parecían estar rememorando cosas perdidas en el tiempo, sino sucesos casi cercanos.
Un episodio se repetía en todos los casos era: “la balacera que tuvo Reyles, el hijo” en la Estación. Así decían: “Se enfrentó a tres y los mató”; “fue con Piccardo, por un problema de tierras”; “se agarraron a balazos de noche. Los mató a los tres. El sobrino Nessi cayó muerto entre la Estación y el Liceo”.
Un día fui llevado a ver un mueble verde que existía en la Estación. Se notaba que le faltaba un trozo en uno de sus cantos: “Ese pedazo se lo arrancó una de las balas del tiroteo de esa noche”, me explicó mi acompañante.
Claro, después venía la tarea del investigador, colocando todo ese corpus de oralidad sobre el seguro piso de la cronología histórica.
Fue entonces cuando supe, lecturas e investigación mediante, que “Reyles padre” se había llamado Carlos Genaro Reyles Lorenzo y que había nacido en San Carlos (por eso llamó a una de sus estancias La Carolina). Fue hijo de Genaro Rayle “natural de Manchester” dice algún registro parroquial, y de María Lorenzo, una carolina de raíces azorianas. Carlos Genaro había nacido en 1825 (estamos en el bicentenario de su nacimiento), falleciendo en Montevideo en 1886. En 1982 hacía casi un siglo que había fallecido y las historias que me contaban de él podían ser de 120 o más años atrás.
Un poco menos de “antigüedad”, podemos decir, tenían los relatos referidos a “Reyles hijo”, sin embargo un día localicé en la prensa cuando había ocurrido el hecho de sangre en la Estación: en la noche del 2 de julio de 1898!
¡Ochenta y cuatro años habían pasado desde aquella noche trágica en Molles, pero se mantenía viva en la memoria con tanta claridad!!
-----
Fue así, a través de esa presencia latente que encontré en Molles –verdadero patrimonio intangible local- que me introduje, más de cuatro décadas atrás, en el universo reyleano. El universo de Carlos Genaro y de Carlos Claudio.
Desde entonces la trayectoria de ambos ha sido para mí un atractivo objeto de investigación, presentando resultados en distintos artículos, capítulos de libros, conferencias y otras actividades. Siempre proyectando uno o más libros que se han ido dilatando demasiado en el tiempo.
En esas conversaciones que he evocado un día uno de los testimonios me dijo: “-¿Usted leyó El Gaucho Florido?”.
Le respondí que no. “-Bueno, usted que se interesa en Reyles léalo, ahí está todo lo que hacía el Padre y como eran las estancias de aquéllos tiempos”.
Por supuesto lo apunté como tarea pendiente. Fui progresivamente leyendo la obra reyleana y un día llegué a El Gaucho Florido
---------
Es una novela que publicó en 1932 cuando Carlos Claudio tenía 64 años de edad. Había nacido en Montevideo en 1868 pues su familia, en especial su padre, residía alternativamente en Durazno, Tacuarembó y en la capital del país. Muchas veces se lo identificó como duraznense por haber desarrollado aquí buena parte de su labor. Incluso en su niñez y juventud vivió, por temporadas, a una cuadra de donde nos encontramos, cruzando diagonalmente esta plaza matriz de la antigua Villa de San Pedro.
Después, durante más de un cuarto de siglo, lo hizo como importante productor rural en el interior del departamento.
Precisamente en ese año 1932 cuando El Gaucho Florido se editó, el escritor Orlando Aldama, desde las páginas de El pago bregaba para que Durazno le rindiera un homenaje a Reyles por ser “su departamento”.
Era un hombre que había tenido una vida intensa y difícil, pese a las apariencias. Por la fortuna que tuvo se lo calificó muchas veces de “niño bien” en su juventud y de “bon vivant” en su adultez. Sin embargo merece recordarse que perdió a su madre cuando tenía 8 años, sus únicos dos hermanos, menores que él, fallecieron también a corta edad y su padre muere de cáncer cuando Carlos Claudio tenía 17. En un lapso de 9 años quedó absolutamente solo.
Respecto a su fortuna es cierto que heredó mucho capital pero era solo una fracción de lo que su padre poseía al fallecer. Esta sensible disminución se produjo por la generosidad del testamento que dejaba una enorme cantidad de beneficiarios, dando en la época lugar a comentarios y suspicacias. También porque al ser menor de edad no pudo administrar directamente sus bienes, entrando en litigio con alguno de los albaceas, con abogados destacados de Montevideo y otros hombres que buscaban obtener una parte de tan enorme fortuna. En concreto, cuando asumió el control directo sobre la herencia, esta se había reducido sustancialmente. Un “gran tajo judicial” le llamó él. Tras esta dura experiencia, dice su biógrafo Luis Menafra: “Intuye la idea que el hombre lucha constantemente contra un mundo hostil, encarnado en el Destino implacable”.
Su primer libro Por la Vida, escrito en 1888, fue una forma de venganza hacia quienes hacía responsables de su situación. Después él mismo trató de hacer desaparecer esa edición por completo y hoy existen muy pocos ejemplares.
Posteriormente vinieron muchas de sus obras más conocidas Beba (1894), Academias, Primitivo, El Extraño, El Sueño de Rapiña, “La Raza de Caín (1900), La muerte del Cisne (1910), El Terruño (1916), El embrujo de Sevilla (1922).
Por varias razones Reyles fue una figura singular y polémica, en su tiempo y en las décadas posteriores a su muerte. Muchos han abordado el análisis de su obra, con notables variaciones en el juicio sobre ella. Entre los autores uruguayos pueden mencionarse, omitiendo muchos nombres, a: Osvaldo Crispo Acosta, Alvaro Guillot Muñoz, Josefina Lerena Acevedo, Carlos Roxlo, Alberto Zum Felde, Luisa Luisi, Raúl Montero Bustamante, Luis Alberto Menafra (sin duda uno de los trabajos más completos), Alfonso Llambías de Azevedo, Mario Benedetti, Gervasio Guillot Muñoz, Ángel Rama, Arturo Ardao, Walter Rela, Carlos Martínez Moreno, Arturo Sergio Visca, Laura Sabani. Incluso uno de los últimos abordajes lo ha realizado Gerardo Caetano en su exitoso libro El Liberalismo Conservador donde analiza el pensamiento político de Reyles.
Hombre de carácter firme, altivo y difícil, su biografía está marcada por varios episodios ríspidos. Gustaba decir “Yo vivo mis ideas. Las vivo pasionalmente, aunque eso moleste a ciertos ideólogos de invernáculo y a algún pobre diablo eunuco y libresco”. También reconocía los riesgos de ese carácter impetuoso: “Soy como un rayo. Lo malo es que a veces no sé dónde caigo”.
Su obra como literato no puede separarse de la que realizó como productor rural, cabañero e ideólogo del gremialismo ruralista. En este último campo debe destacarse que fue quien -desilusionado de la actividad política partidaria en la que intentó incursionar- impulsó en 1903 el nacimiento de la Liga del Trabajo de Molles, institución pionera en su género, que se transformó en modelo de otras organizaciones de productores que con el mismo nombre, o similar, nacieron en distintos lugares del país. A partir de esa experiencia también impulsó el nacimiento de una Federación de instituciones agrarias, proyecto que lanzó en 1908 y finalmente se concretó con el nacimiento de la Federación Rural en 1915.
A través de sus textos políticos, gremiales y literarios –que son muchos- Reyles definió un pensamiento con perfiles propios bien acentuados, que generó resistencias radicales pero también adhesiones fuertes. No es esta la oportunidad para analizarlo aunque, en mi opinión, sigue siendo de interés hacerlo. Tampoco abordaré las razones por las cuales su cuantiosa fortuna desapareció.
Para finales de los años 20 ya tenía serias dificultades económicas. Pese a que en la década de 1930 ocupó algunos cargos oficiales, esos contratiempos no cesaron hasta su muerte en Montevideo, el 24 de julio de 1938. Ese mismo día falleció Pedro Figari. Sobre esa singular coincidencia Fernán Silva Valdés escribió su Romance para la muerte de Carlos Reyles y Pedro Figari, que comienza diciendo:
“Carlos Reyles y Figari
Murieron el mismo día;
Pedro Figari el pintor
Y Reyles el novelista.
Reyles el de los toreros,
Reyles el de los caudillos,
Y Figari el de los cuadros
Con episodios nativos.
Reyles el de las saetas
–Vuelo de palomas místicas–
Figari el de los candombes
Con lunas de pesadilla (…)”
--------
Respecto al libro que nos ocupa, ya en declaraciones publicadas en la prensa en 1929, Reyles manifestó que estaba escribiendo una obra que iba a llamarse El Gaucho Florido. Trabajó en ella en los años siguientes y en 1932 se publicó en Uruguay, agregándole a modo de subtítulo explicativo: “La Novela de la Estancia cimarrona y del gaucho crudo”.
En las declaraciones que realizó en 1929 señaló que este nuevo trabajo en buena medida iba a tener el carácter de sus Memorias. Y, efectivamente, lo tiene.
Como toda obra literaria permite ser abordada desde diversas perspectivas y con distintos propósitos. En mi caso el interés ha estado centrado tanto en el carácter autobiográfico - que claramente posee - como en su valor como testimonio histórico de la evolución de la producción agropecuaria y de la sociedad rural en la segunda mitad del siglo XIX y primeras décadas del XX.
Si bien el tropero Gaucho Florido es el protagonista de la obra, es notorio que el propósito profundo de Reyles fue destacar la personalidad excepcional de su padre Carlos Genaro, encarnado en la novela por Don Fausto, el patriarcal patrón. Y junto a él un hijo único pequeño, Faustito, en quien no puede dejar de verse a Carlos Claudio.
Desde la perspectiva geográfica la obra transcurre en la zona central del país. De manera similar lo hizo en los casos de Beba y El Terruño. La estancia el Tala Grande es el epicentro de la novela, centro de la acción proteica de Don Fausto. Podríamos decir que tras esa denominación se esconde la estancia El Paraíso que fue el centro fundamental de la acción de los dos Reyles. Sin embargo, el autor ubica el Tala Grande al norte del río Negro, aludiendo a alguna de las importantes propiedades que también allí poseyó Carlos Genaro, en especial la estancia Bella Vista.
Desde el punto de vista temporal el autor muestra tres épocas bien definidas para la vida en los campos y las formas de producción: la primera los tiempos de la estancia cimarrona, ubicados después del devastador conflicto de la Guerra Grande; la segunda evoca la primera Modernización, cuando se produjeron los grandes cambios productivos (en las décadas de 1870-1880) y, la tercera, nos sitúa en otra etapa de transformaciones, ubicada en las primeras décadas del siglo XX. Pero el interés del autor no se centra de igual manera sobre ellas. La primera y la tercera son abordadas de forma esquemática, es la segunda el escenario epocal que claramente predomina en la novela.
Es que ese fue el tiempo donde su padre Carlos Genaro – el Fausto de la novela – desplegó todo su potencial como reformador de la producción rural, lo que le dio extendida fama en su época y aún muchas décadas después de su muerte. “Domando el campo bruto y transformando la estancia cimarrona en industria civilizada” dirá su hijo.
Por eso en El Gaucho Florido evoca en detalle esa epopeya del trabajo, sin dejar de destacar los grandes desafíos que hubo de vencer: la inseguridad de los campos, los frecuentes movimientos armados que todo lo trastocaban y las imprevisibles adversidades climáticas, como un temporal que le mató varias decenas de miles de ovejas. “Hay que empezar de nuevo” exclamó Don Fausto cuando miraba “el campo cubierto de puntos blancos, el tendal de corderitos perecidos a las primeras de cambio…ovejas muertas formaban montones en las orillas de los arroyos o contra los cercos y los alambrados”.
Escapa totalmente a los propósitos de esta exposición analizar la novela. Mis palabras no tienen otro propósito que destacar un autor, una obra y una actividad económica, la pecuaria, con estrechos vínculos con estas tierras del centro del país. Tierras donde nací y que elegí para desarrollar mi proyecto de vida.
Voy a comentar solo dos o tres aspectos más.
- Una escena: Hay varias escenas muy potentes y de alto valor descriptivo en el libro, pero dentro de ellas es sobresaliente –y no soy el primero en calificarla así- la del dificultoso pasaje del río Negro de una tropa de más de 800 cabezas que debía seguir después con rumbo al sur, hacia La Tablada. El escenario es el antiguo paso de Bustillos, que desapareció cuando se formó el gran lago de la represa de Rincón del Bonete. Era el vado principal que permitía la comunicación entre las dilatadas tierras de Reyles ubicadas a ambas márgenes de aquél gran río. El cruce del mismo era tarea constante, pero hacerlo cuando las aguas habían desbordado el cauce normal -y llevando una enorme cantidad de ganado- sin duda era una acción con altísimo riesgo de vida. El autor se coloca siendo niño, Faustito, acompañando a su padre y observando desde una altura la difícil empresa, donde la baquía de los troperos era exigida al máximo.
- El panorama humano: dada la forma de producción intensiva que imprimió Carlos Genaro a sus dilatadas tierras, en ellas se concentraron varios centenares de hombres y mujeres, muchos de ellos formando familias, a las que priorizaba a la hora de dar trabajo. Allí se daba cita un verdadero crisol de etnias y procedencias, que Reyles, el escritor, puso especial cuidado en destacar. Estaban los gauchos de origen indígena, como Viraqué o los morenos Juan de Dios y Zabana. Algunos eran veteranos soldados de las sangrientas luchas entre las divisas, señales de identificación partidaria que cada uno podía lucir con libertad en los campos de Reyles, a pesar de que él tenía una clara definición política. A eso se sumaba un enorme rosario de mujeres, chinas y morenas la mayoría. Todo esto formaba el predominante sustrato social que habitaba los campos. Era el basamento nativo, el de los antiguos orientales.
A él se fueron sumando, de manera creciente, las sangres que venían del otro lado del mar. Extranjeros a los que “Reyles padre” atrajo con especial empeño, pues eran portadores de saberes que no dominaba la población gaucha. Los italianos para ocuparse de las quintas, la forestación y la agricultura; los vascos para la cría de ovejas, la construcción de cercos de piedra, para hacerse cargo de las pulperías de cada estancia, o como maestros en las escuelas que Reyles hizo establecer en sus propiedades. Aunque no los menciona en la novela, también atrajo suizos para que desarrollaran la fabricación de quesos.
Un gran número de esos hombres que trabajaron en los campos de Genaro Reyles, salieron con capital suficiente para transformarse ellos en propietarios. Por el año 1900 desde Florida hasta Rivera se los podía encontrar establecidos como hacendados exitosos. Recogí de varias familias la tradición del agradecimiento que tenían sus mayores por aquél antiguo Patrón generoso que les había permitido progresar.
- Lo inevitable de los cambios. En la obra escrita de Reyles se destaca como uno de sus temas recurrentes el de los cambios y las respuestas de los hombres y las mujeres a los mismos. Insiste en señalar que las modificaciones en las formas de producción (especialmente en la agropecuaria) provocan transformaciones profundas que amenazan con dejar a muchos hombres al margen de esos procesos si no poseen una predisposición mental para aceptarlos y adaptarse. En casi toda la obra reyleana predomina un escepticismo respecto a que los gauchos, al menos en su mayoría, pudieran lograr dar ese paso. No por falta de lucidez o dificultades en el aprendizaje sino porque en ellos estaban tan arraigados los valores y modos de vida tradicional, que abandonarlos suponía un gran esfuerzo.
En El Gaucho Florido insiste en esta perspectiva, señalando que la mentalidad gaucha lejos está de pensar, por ejemplo, en el ahorro y el mañana. Dice Florido en una ocasión: “No todos dibamos a ser ricachos. Yo hasta que no cumpla los cincuenta no pienso rejuntar cobres. Vean como son hechas las monedas: redonditas para correr”. En otro pasaje, el propio Reyles, al insistir en la facilidad que tenían los gauchos para gastar el dinero, afirma: “...en el evangelio gaucho estaba escrito el presumir y galantear. El ahorro les parecía cosa de gringos roñosos”.
El Diario íntimo de Reyles, llevado en los años en que redactaba la novela, nos enseña con diafanidad lo que pretendía decir a través del protagonista. En abril de 1931, un año antes de la publicación, registró: “Florido es el prototipo del gaucho cristalizado, inadaptable a otro medio y por lo tanto sin futuro. No quiere ser otra cosa que lo que es: no quiere ser gringo, el sumiso, el esclavo, el que ahorra vintén a vintén. Un instante intenta salir de pobre, cuando se encuentra con un capitalito, pero considerando todas las libertades que le será necesario sacrificar, se rebela”.
Sin duda estas afirmaciones –y otras similares – dan mucha tela para cortar. En estos casos y en otros se podría señalarle a Reyles que no culminaba de manera completa el viaje hacia el interior de esos hombres y mujeres del campo. Que pese a haber estado en estrecho contacto con ellos desde la infancia, tal vez no hizo todo el esfuerzo empático que se necesitaba para rastrear las motivaciones últimas, de profundo arraigo en el tiempo, que podían explicar determinadas actitudes ante la vida, las cosas y la muerte.
Es un tema con varias complejidades, imposible de tratar aquí.
------
Para comenzar a terminar, vuelvo a evocar, con agradecimiento, las conversaciones con vecinos duraznenses que hoy ya no están, que me fueron dando “las puntas del ovillo” para penetrar cada vez más en este vasto territorio temático de los Reyles.
No mucho tiempo después que alguien me recomendara la lectura de El Gaucho Florido, hablando con otro vecino, pero ya en la ciudad de Durazno, me dijo: “El Gaucho Florido en el que se inspiró Reyles trabajaba en una de las estancias de su padre y fue Fulano de tal. Aquí en Durazno todavía viven varios de sus hijos, y son fulano, fulano, …”.
Que Reyles se inspiró en un personaje real lo afirmó Gervasio Guillot Muñoz, quien conversó mucho con él, dejando testimonio escrito de sus diálogos. Registró dicho autor: “A Florido lo conoció de carne y hueso como peón de una de sus estancias y lo llevó a su novela tal como era”.
Localicé a esos familiares, varios de ellos eran vecinos del barrio donde nací y me crié.
Hablé con ellos y recogí una interesante información. Los frutos de ese rescate de patrimonio intangible en parte ya lo publiqué en los dos tomos de Durazno Antiguo.
El paisano que sirvió de modelo a Reyles fue Don Rudecindo Turbán, hijo de la brasileña Constancia Silva (que tuvo a su cargo uno de los puestos de estancia de Reyles padre) y del alemán Agustín Turbán. Por eso Florido, según es retratado en la novela, era alto, de “ojos azules” y “cabello dorado”.
Uno de los muchos hijos que tuvo Rudecindo, Justino, un día junto a otro duraznense fue a visitar a Reyles, cuando vivía en Pocitos. En esa oportunidad el escritor le manifestó: “...en tu padre, Don Rudecindo, me inspiré para hacer “El Gaucho Florido”.
Seguramente Reyles se basó en los múltiples atributos que distinguían a Rudecindo dentro del numeroso personal de la estancia: reconocida baquía para todas las tareas camperas, valentía y serenidad ante el peligro, chispa y picardía en el decir, honradez acrisolada, habilidad en el bailar y exitoso en la seducción de las damas.
Sin embargo su destino fue muy diferente al del Gaucho Florido de la novela, que se hundió en las sombras sin querer cambiar ni progresar.
Rudecindo fue peón, después tropero y llegó a capataz con los Reyles. Ahorró dinero y compró un campo lo suficientemente grande para mantener a una muy numerosa familia. Fue un vecino querido y respetado que dejó un recuerdo de admiración en quienes lo conocieron.
Veo en sala la presencia de una de las nietas de Rudecindo Turbán. Gracias por estar.
El análisis de su trayectoria parece decirnos que lejos de haber desaparecido “los gauchos”, su sangre y herencia permanece entre nosotros.
-------
Hoy es 30 de octubre. Le propuse esta fecha a Gerardo porque era de los pocos días que tenía disponible. Además es octubre, se está cerrando el Mes de Durazno, el que recuerda la fundación de la Villa de San Pedro. Gerardo también tenía varios compromisos, por su intensa actividad.
Una o dos semanas después de haber fijado la fecha con asombro -que hasta este momento me sorprende- me di cuenta de algo: 30 de octubre es el día de nacimiento de Carlos Claudio Reyles!!
Justo 157 años atrás…
¡Muchas gracias a todos!
-------------------------
Oscar Padrón Favre
Sala Lavalleja, ciudad de Durazno
30/oct./2025.
