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El che y nuestro amor por la ch

En el castellano rioplatense hay una clara inclinación por el yeyeo que desconcierta al visitante que nos escucha por primera vez. No hacemos distingos entre ‘ll’ e ‘y’ delante de las vocales y esa es una de nuestras peculiaridades.
Foto ilustrativa

Por Vicente Mario di Maggio
11 de agosto de 2026
Página 12

 

En el castellano rioplatense hay una clara inclinación por el yeyeo que desconcierta al visitante que nos escucha por primera vez. No hacemos distingos entre ‘ll’ e ‘y’ delante de las vocales y esa es una de nuestras peculiaridades. Sin embargo, igual de importante aunque menos notorio es nuestro amor por la ch. Si una palabra incluye este sonido, descartaremos —las más de las veces— cualquier otro sinónimo en que la ch no esté presente. Así para estadio diremos cancha; para maíz, choclo; para pequeño, chico; para oír, escuchar.

Esta afinidad por el fonema prepalatal africado sordo halla su razón en la presencia de lenguas y herencias, algunas de ellas muy disímiles entre sí, que convergen en el Río de la Plata con la fuerza abrumadora de los encuentros que, por extraños y fortuitos, se sorprenden de lo que tienen en común. Así, colonos e indígenas, negros y criollos, habitantes e inmigrantes, harán de la ch la reina sonora de nuestra conversación.

En América las lenguas originarias son claramente afectas al fonema. Está presente en los nombres de sus habitantes: charrúas, tehuelches, quichuas, chiriguano-chane, wichis, comechingones, mapuches. En las etimologías del Chaco y Chubut, en localidades como Choele Choel, Chapadmalal, Chivilcoy y Chascomus. En los barrios de Chacabuco, Chacarita y Parque Chas. En las calles Cochabamba, Chumbicha, Cucha Cucha y Cachimayo. En nombres de animales como el quirquincho, el chancho y el carpincho. En las aves: en el chajá, el churrinche, el carancho y el chingolo. En el reino vegetal, en el quebracho, el lapacho y el chañar. En las comidas servidas con chala, en el choclo, en la chaucha y el chipá. Incluso daría la impresión de que algunas de las batallas por nuestra independencia conservan algo de la conmemoración en relación a su sonido: Ayacucho, Cancha Rayada, Pichincha. El fonema habita también en las palabras que hacen a nuestra charla diaria, con aportes del quichua en voces como morocho, chiche, chacra, china y pucho. Desde el guaraní con su posesivo che y desde el mapuche con pilcha, gualicho y laucha.

La llegada del español en el siglo XVI trajo consigo el bagaje de lenguas de sus diferentes regiones. Ya en el nacimiento y formación del castellano, las tribus celtas meridionales habían absorbido el latín transformando voces como nocte, factu, biscoctus hacia el sonido que conforma las actuales noche, hecho, bizcocho. Muchas de estas voces latinas conservaron ambas variantes, una con la raíz ct para la forma culta como nocturno, de facto, estricto, octavo y otra con la ch para la versión popular de estrecho y ocho. Luego están los hiporísticos, el modo en que los chicos llaman a sus hermanos, y de esta manera la lista se extiende a reducciones como Pancho, Cacho, Checho, Chacho, Cholo, Lucho…

A ese castellano de lengua romance se le sumaron los aportes del vasco y su deliberada fuerza en los sonidos tx, con diminutivos como Manucho y Menchu y los innumerables apellidos que al castellanizarse se presentan con ch como Echeverría, Anchorena, Ochoa, Olarticoechea, más otras voces como chatarra y chimichurri que aunque discutidas son, con toda probabilidad, vascas.

El caló llegó con aportes tan presentes que dieron un cuerpo familiar a nuestro lunfardo en vocablos como chamuyar, achura y chorro. Sumados a todos estos la herencia árabe presente en la campaña bonaerense trajo –entre otras– las palabras azabache, racha, mamarracho, chivo y trapiche.

Un nuevo contingente de vocablos desbordante en el fonema llegó con los africanos victimizados por la esclavitud. Las lenguas kimbundu, yorubá, bantú y asúa ganaron su presencia en voces como chicana, churro, chochear, changüí y —probablemente— nos legaron la voz xima-ngu para darle nombre al chimango, nuestra pequeña ave rapaz de la pampa.

Si hacía falta más, la llegada de la inmigración italiana cristalizó nuestra afición por la ch para siempre. El idioma italiano encontró en la vitalidad del lenguaje local un terreno franco para la adaptabilidad al punto de crear un dialecto literario en el cocoliche. A los italianismos ya establecidos en el castellano peninsular tales como capricho, ducha, marcha, charla se le sumaron los dialectos de las distintas colectividades: el italiano meridional con chicato, el genovés con chanta, el piamontés con bachicha, el lombardo con fratacho, el napolitano con chitrulo.

De este modo entre el entusiasta ¡qué hacés che! y el efusivo ¡chau! que enmarca el inicio y cierre de una reunión, la charla rondará por muchas otras expresiones con que el rioplatense puede poner en práctica su cariño: ¡no seas chambón! (de origen español), ¡estás chocheando! (yorubá), ¡son unos pichis! (mapuche), ¡ay, qué cheto! (genovés), ¡aguantate el chubasco! (portugués), ¡es un chiche! (quichua), ¡mostraste la hilacha! (expresión gaucha), ¡eso es un engañapichanga! (lunfardo), ¡apure chofer! (galicismo), démosle otra chance (anglicismo) y ¡qué viejo bolche! (del ruso).

De igual manera, en una situación de conflicto nuestra afinidad optará por el énfasis que contiene nuestro fonema en verbos como chupar y sustantivos como concha que, acompañados en la frase con la mención de órganos sexuales y relaciones de familia, alcanzará al destinatario con el insulto preciso que define el pensamiento y sentimiento del emisor. Aparte podremos agregar a modo de recriminación ¡sos un chorro!, ¡no seas choto! y ¡qué trucho!

El omnipresente che y su discutido origen entre los lingüistas es un ejemplo emblemático del modo en que las diversas lenguas participaron en el derrotero de nuestra forma de hablar. Para el venezolano Ángel Rosenblat, nuestro che es de ascendencia latina, un ¡ce! pronunciado ¡tse! que recuerda al ¡tst! que se usa como llamado a la distancia o interjección de silencio y que también se conserva en la voz italiana ¡chito! Este ¡ce! del latín a su vez fue adoptado por el valenciano que —según el lingüista— “coincide de manera extraordinaria con el rioplatense”. Aquí es oportuno señalar que a los hinchas (o simpatizantes) del club de fútbol del Valencia los llaman los Che.

El alemán, naturalizado chileno, Rudolf Lenz, opinaba en cambio que el che es de origen mapuche. Los mapuches, de hecho, eran tan propensos al fonema que cuando recibían aportes del castellano los mapuchizaban trocando manzana por manchana y silla por chilla. A un rey muy gordo y muy godo, llamado Sancho, que en la península tenían por sinónimo de cerdo, terminó trocado en estas orillas como la definición de “chancho”. Para este grupo étnico, che era el gentilicio que los definía, desde la conformación de su propio nombre (mapu, tierra, che, gente) a los diversos grupos que ocupaban las grandes extensiones de la Pampa y la Patagonia: Picunches, gente del Norte; huilliches, del Sur; ngulluche, del Oeste; puelche, del Este; mamülches, gente del monte y así.

Pero las apreciaciones de Lenz fueron descartadas por otros estudiosos, entre ellos el ya citado Rosenblat y el uruguayo José Pedro Rona. Argumentaban que los mapuches y los habitantes del propio Chile donde la etnia tiene origen no recurren al che para dirigirse a un individuo ni tampoco como interjección o llamado de atención sino que —por el contrario— solo se utiliza como equivalente a gente.

Rona defendía el origen guaraní del che rioplatense por sobre la hipótesis europea, en parte por la coincidencia en el sonido y por su significado como posesivo. Las misiones jesuíticas y las milicias formadas por los propios guaraníes para defenderse de otras tribus hostiles o contra los vecinos portugueses impusieron bien pronto las convenciones de rango castrense tales como che coronel, por mi coronel, che capitán, etcétera.

A todas estas hipótesis que intentan circunscribir el vocablo se les presenta un aspecto elusivo: che tiene múltiples usos. Puede ser posesivo, apelativo, muletilla, saludo, reclamo, interjección. La familiaridad del vocablo tiene parentescos que lo enlazan —además— con el quichucultura, el aymara, el astur y el veneciano, con una sonoridad que sintoniza en la expresión con lo afectivo de muchas as. Podemos aventurar que el che tiene tantas facetas como raíces entre las lenguas aborígenes y romances que le dieron carta de identidad en el Río de la Plata, y que la inclinación de los investigadores por determinar un origen medular no refleja la abundancia de aportes que ayudaron a establecerlo entre nosotros.

En el ameno estudio Notas sobre el che, la lingüista uruguaya Virginia Bertolotti hace un pormenorizado seguimiento de las discusiones en torno a la etimología de nuestro querido vocablo.

En un interesante párrafo, Bertolotti transcribe un fragmento del cuento de Borges, “La trama”, donde un gaucho es agredido por un grupo en una escena que podría tener algo de Shakespeare en el drama de César donde el dictador reconoce entre los confabulados a su propio y querido Bruto y exclama: ¡Tú también, hijo mío!. Borges traslada la escena al Sur de Buenos Aires. Al destino le agradan las repeticiones, las simetrías, dice. Y el gaucho, al reconocer entre sus atacantes a su ahijado, suelta un espontáneo: ¡Pero, che!, con esa mezcla de desagrado, sorpresa, familiaridad y recriminación que tan bien resume la expresión.

 

Fuente: Página 12/ Argentina