Jorge Ruffinelli 1943-2026

La Academia Nacional de Letras lamenta el fallecimiento de nuestro académico correspondiente en Estados Unidos, Jorge Ruffinelli, el pasado 4 de febrero en la ciudad de San Francisco, California.
RUFFINELLI EN LA ACADEMIA
Jorge Ruffinelli fue elegido miembro correspondiente de la Academia Nacional de Letras el 3 de noviembre de 1995. Su recepción como académico tuvo lugar en un acto público ocho años después en Montevideo, en la propia sede de la Academia, y estuvo a cargo de Wilfredo Penco. El discurso de presentación se publicó por primera vez bajo el título Ruffinelli en la Academia en el marco de un homenaje colectivo que se le tributó bajo la coordinación del ensayista ecuatoriano Wilfrido H. Corral en la Revista de Casa de la Américas (N° 298, La Habana, Cuba, 2020). Se reproduce a continuación ahora en recuerdo del destacado intelectual uruguayo.
"Señor vicepresidente de la Academia, profesor Héctor Balsas,
Señor académico correspondiente, profesor Jorge Ruffinelli,
Señoras y señores académicos,
Señoras y señores:
En un proceso renovador y de redefinición estratégica al servicio de los cometidos para cuyo cumplimiento fue creada hace sesenta años, la Academia Nacional de Letras ha ido incorporando, en los últimos tiempos, a destacadas figuras uruguayas del quehacer literario y lingüístico que residen fuera de fronteras, donde han desarrollado gran parte de sus trayectorias y se han proyectado con notoriedad e incidencia en el ámbito académico, sobre todo en el marco de universidades europeas y norteamericanas.
Entre esos uruguayos relevantes, que conceden al país, por reflejo de su origen y su perfil cultural, el prestigio de que gozan en el extranjero, el nombre de Jorge Ruffinelli figura en primera línea, al formar parte, por los méritos de su producción literaria y su labor docente, de la mejor tradición crítica latinoamericana.
Radicado tres decenios atrás, primero forzosamente, más tarde por deliberada opción, de manera fugaz en Argentina y por largos períodos en México y Estados Unidos, ha regresado una y otra vez a Uruguay en busca de los paisajes, de los amigos, de las identidades que no lo abandonan.
Crítico y ensayista literario, nacido en Montevideo el mismo año en que se fundó esta Academia, cursó estudios en la Facultad de Humanidades y se especializó en la literatura del continente.
Como asesor de la editorial Arca, en la segunda mitad de la década de 1960 y en los primeros años de la siguiente, participó, entre otros proyectos de entidad, en la edición de las Obras inéditas y desconocidas de Horacio Quiroga, de la ya legendaria Enciclopedia Uruguaya (en la que fue autor, junto a Eduardo Galeano y Silvia Rodríguez Villamil, del capítulo “El mensaje de los jóvenes”) y de recopilaciones críticas sobre Juan Carlos Onetti y Mario Benedetti.
Director de la sección literaria de Marcha entre 1968 y 1974, sucedió en esa responsabilidad a Ángel Rama, cuya influencia en la concepción de los primeros trabajos de Ruffinelli fue ejercida bajo el magisterio que el autor de La ciudad letrada impuso en el emergente contexto generacional. Sin embargo, la herencia recibida no impidió desarrollos propios y, como ha señalado Pablo Rocca en su investigación sobre Marcha, la gestión de Ruffinelli al frente de las páginas literarias del semanario significó una línea de continuidad pero también de ruptura. Lo más valioso de esta etapa, en la que el crítico afinó y puso en evidencia sus dotes para el anclaje en las más inmediatas circunstancias, a través de un diestro y riguroso lenguaje periodístico, de brillos y relieves polémicos, está recogido, en lo fundamental, en Palabras en orden (reportajes, 1974, con reedición en 1985) y Crítica en Marcha (1979).
Por haber sido miembro del jurado, junto a Juan Carlos Onetti y a la actual académica Mercedes Rein, del concurso de narrativa que determinó la clausura del semanario, la prisión del autor del cuento premiado, la de sus compañeros de tribunal y su propio exilio, Ruffinelli no pudo regresar al país durante los años de dictadura en las décadas de 1970 y 1980.
Profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires y, más tarde, director del Centro de Investigaciones Lingüístico-literarias de la Universidad Veracruzana de México, integró el Consejo editorial de la revista La Palabra y el hombre y dirigió Texto crítico, una de las publicaciones académicas de literatura más importantes del continente. Con atención a los procesos literarios, sociales e ideológicos, proyectó sobre ellos una visión coherente y articuladora. De su fecundo período en México se destacan, entre otros títulos, José Revueltas: ficción, política y verdad (1977), El otro México. México en la obra de B. Traven, D.H. Lawrence y Malcolm Lowry (1978), El lugar de Rulfo (1980), Las infamias de la inteligencia burguesa (1981), Literatura e ideología: el primer Mariano Azuela (1896-1918) (1982, premio José Revueltas), John Reed en México: Villa y la revolución mexicana (1983), Poesía y descolonización. La poesía de Nicolás Guillén (1985) y La escritura invisible (1986). Al mismo período corresponden sus esclarecedores trabajos sobre el guatemalteco Augusto Monterroso. Tuvo a su cargo, además, la preparación de numerosos prólogos y ediciones críticas y tradujo del inglés los Cuentos de soldados y civiles de Ambrose Bierce y La verdadera historia de Billy the Kid, de Pat Garret.
Residente en EEUU, desde hace años ejerce la docencia en la Universidad de Stanford (California) y dirige Nuevo Texto Crítico, revista que retoma las líneas académicas establecidas en Xalapa, desde una concepción amplia y actualizada de la crítica como un “espacio en que dialogan las obras y los discursos heterogéneos” –según el mismo ha señalado-, “un espacio de teoría interdisciplinaria, múltiple, que ha dejado atrás las alianzas simples de sociedad y obra, o de lengua y obra”.
Autor de una anunciada, esperada y todavía inédita enciclopedia del cine latinoamericano que ha ido creciendo en términos gigantescos, en este colosal trabajo ha concentrado sus esfuerzos y desvelos durante el último decenio.
Cuando en 1990 visité Stanford, y tuve la dicha de reencontrar a Ruffinelli y compartir con él esas jornadas, en su casa de Palo Alto pude comprobar con asombro que los libros –a los que había imaginado acaparando, sin resquicios, paredes y rincones, de acuerdo con la voraz vocación lectora del anfitrión – apenas constituían un conjunto sin relieve cuantitativo. Aunque la memoria tiene sus trampas, creo o quiero recordar que los ambientes, despojados, denunciaban una cierta preferencia minimalista, explicada seguramente por el comienzo de sustitución, en el dueño de casa, del discurso literario por el cinematográfico como objeto predominante de estudio.
En medio de esa pulcra austeridad había algo, sin embargo, que no pasaba, no podía pasar inadvertido: una clásica fotografía en blanco y negro enmarcada y colgada sobre una clara y limpia pared, desde la que Carlos Gardel nos saludaba con su legendaria sonrisa como haciéndonos notar los vínculos entre letra, música y cine, y recordándonos, además, que allí vivía un rioplatense, o, tal vez, con más polémica complicidad, que esa era la casa de un uruguayo.
En esta otra casa, en el sur, que fue, que sigue siendo la casa de Julio Herrera y Reissig (complaciente con las clepsidras y los cromos exóticos pero también con otros motivos que solía acompañar con su guitarra), en esta ceremonia que no quiere ser más solemne que lo que las circunstancias imponen, la imagen de Carlos Gardel, preservada allá en el norte, en Palo Alto, regresa hoy por sus fueros de la mano del profesor Ruffinelli.
Junto a él vuelven también otros recuerdos entrañables de momentos compartidos y de amigos comunes –como el inolvidable Alberto Oreggioni y su editorial Arca- vinculados para siempre a la cultura uruguaya y latinoamericana.
Al recibir, ahora, de manera formal, a Jorge Ruffinelli como miembro correspondiente de la Academia Nacional de Letras del Uruguay, lo hago con el reconocimiento, la simpatía y la admiración a que son acreedoras su obra literaria y su tarea docente. Lo hago también con la confianza y la expectativa en el valioso aporte intelectual que todos aspiramos realice a esta Academia con su inquieta, persuasiva y lúcida personalidad."
Wilfredo Penco
