Teoría del andén: poemario de Tatiana Oroño

Mariella Nigro
14 de agosto de 2026
La Diaria
En el reciente Andenes, Tatiana Oroño reafirma y revalida inquietudes e intereses, rememoraciones y experiencias de vida recogidos en todo su corpus poético. De hecho, el texto “Indagaciones” muestra, como en Estuario (2014) –donde el andén era dársena– o Libro de horas (2017) –donde el andén era la casa, el aula y el taller de los pintores–, la inquietud por indagar tempranamente en la infancia los mundos escondidos entre las tapas de los libros y luego inquirir, con inquietud epistemológica y amorosa, dos genealogías: la personal y la de las palabras.
Matizan el libro citas de su Diario en hojas sueltas, que aportan tensión intertextual con los poemas y con los textos (prosas con vocación narrativa a la vez que poética) que aquí se reúnen.
El núcleo poético es el andén, como “enclave de la nada”, “no-lugar”. Parecería anunciar en el primer texto –como exordio del corpus– “un viaje a los orígenes”, un recorrido desde una temprana despedida. Luego se verá, en textos subsiguientes, que el viaje propuesto llevará a la poeta no solo por los raíles de su vida, sino también hacia los recovecos reparadores de la poesía y sus ocultos misterios. Los textos van mostrando el ejercicio y el oficio poéticos en íntima correspondencia con el yo que fue formándose durante la singladura de la vida, desde la primera palabra poética develada en la infancia hacia la literatura y los libros: “Yo haría pie en esa tierra” (“Había en ellos promesa”), reflexiona.
Así, pequeña crisálida quiescente del yo “destinada a dar alas /al huésped del capullo” (en el poema “Así como el gusano”) reafirma la guía del lenguaje, el camino presagiado de la lengua: “Asida de su mano / lo transito”. (en “Yo tengo con la lengua”). O, como glosa en la contratapa el poeta Gerardo Ciancio, “la marcha del lenguaje y de la vida”. Tránsito, marcha, porque el andén no es lugar de “afincamiento”, es “lugar de no pertenencia”, “refugio”, “amparo transitorio”, “albergue provisorio”, es aviso de apearse una y otra vez en el futuro. Es como el “breve recinto del poema”, que da “esperanzas de abrigo” y de porvenir. Del andén se apea en varios puntos de su trayecto poético para discurrir sobre sucesos y sentimientos, excediendo el cariz autobiográfico, yendo más allá, ensayando, ejerciendo el pensamiento y la reflexión para una “indagación”, una “investigación”, un rastreo por los rieles de la memoria o aun por los andenes del mundo en guerra, en el que se enfrenta “el algoritmo bélico con la naturaleza”, donde mueren niñas y niños que aún ignoran el gentilicio entre las deflagraciones. Allí “la humanidad fracasa”, y apenas el nombrar y la palabra poética dan la ilusión de poder rescatarlos.
Desde el inicio la poeta va indagando en torno a aquel remoto andén que le diera amparo en ese “ -Oroño” que mapea su vida y su escritura. Lo hace manteniendo su alto y personal estilo, sinuoso, lleno de complejidades, conceptos, intersticios y silencios, entre la contención y el desbordamiento. En “la topografía de las páginas” va en busca del soporte del linaje, el ancestro y la progenie, y también de las afinidades literarias, como con las poetas mujeres contemporáneas y sus “palabras repatriadas”.
El desplazamiento la conduce a la “casa imaginaria”; la “casa” ya aludida tal vez con más intimismo o solipsismo en El alfabeto verde (1979) y en Tajos (1990), y que luego evocara en Libro de horas: la casa material y la fenoménica, en su sentido literal y en su sentido arquetípico, la de antes y la de ahora, la del sueño y la de la vigilia; “la casa que habita por dentro”, interpreté entonces. La casa es “sostén” que se pierde por una mudanza, y apearse de ella es doloroso, requiere “restañar los daños que acarrea el transporte del tiempo sobre nuestros hombros” (“Alero y piso”).
Fuente: La Diaria/ Uruguay
