Encuentros lectores: Apreciaciones sobre la mediación lectora

Los primeros encuentros con la palabra

Hablando al niño que aún no la puede entender, la madre hace algo útil no sólo porque le ofrece su compañía, su presencia portadora de protección y calor, sino también porque alimenta su hambre de estímulos.

Gianni Rodari

Desde el primer momento de la vida, la voz de la madre es el único elemento cultural que prevalece desde su vientre materno con el mundo. La voz y la mirada, luego, son fundamentales en estas primeras etapas, porque ese lenguaje amoroso y melódico envuelve y ofrece placer al ser escuchado. Cuando se arrulla a un bebé, se repite una sílaba, una rima que conocemos (na-na, da-da), además de ofrecerle confianza y seguridad, se le abre la puerta de entrada al balbuceo: primero lo dice el adulto y luego lo hace el niño/a. No es en forma de imitación sino de juego, de exploración, de disfrute y de asombro por parte del bebé.

En ese ir y venir con las sílabas y las palabras se inicia su encuentro con la literatura proveniente de la tradición oral. El bebé y el adulto mediador comparten un intercambio rítmico de palabras, gestos y caricias que forman una coreografía, un diálogo que se da entre una madre o la persona que oficia como tal y el recién llegado.

Las nanas, las canciones de cuna, los arrullos, las retahílas, los relatos, los juegos de tradición oral y la literatura contemporánea constituyen prácticas culturales que los niños y niñas pueden conocer, explorar y transformar. Todas ellas, al igual que los libros, les ofrecen información sobre su mundo exterior e interior y constituyen el alimento necesario para formarse como sujetos de palabras insertos en una cultura. Es allí donde un adulto mediador y un niño/ a, vinculados afectivamente, se encuentran para compartir un juego, una canción, una poesía y también un libro. Y ese recorrido dependerá en gran medida del modo en que el adulto vincule al niño/a con la literatura.

La literatura es el arte de la palabra y la expresión, pero no solo está en los libros, está en una historia narrada, en una canción de tradición oral, en los juegos que se escriben en la piel, como en el tradicional juego de dedos: Este dedo encontró un huevito, este otro…. Y, por lo tanto, se puede afirmar que el primer libro del bebé es la cara de sus padres ya que lo primero que lee el niño/a es el rostro de la persona que lo cuida, que lo acuna, que le habla.

Por este motivo, al niño/a le atraerá la sonoridad de las palabras. No es lo que se dice, sino cómo se dice; ese transcurrir de la experiencia estética, lúdica e imaginativa que ocurre al escuchar canciones, rimas, relatos provenientes de la tradición oral que luego encontrará en un libro y deseará leerlos también. Es así que los niños/as podrán acercarse y familiarizarse con el código escrito de forma natural, porque los libros son portadores de lenguaje y, ese lenguaje, es el instrumento con el cual el sujeto se incorpora a su propia cultura.

Todo este material poético le permitirá reconocerse como parte de un grupo humano, de una cultura que a su vez querrá transformar. Quienes son arrullados con canciones de cuna, con palabras poéticas, son niños/as a quienes se les presenta el mundo con la lengua del relato, esa lengua diferente a la de todos los días. A ellos/as se les comparte la noción de que el mundo es complejo e incierto, pero que la palabra está ahí para acompañar y dar refugio, para recurrir a ella cada vez que se necesite. En general, recordarán toda la vida esos encuentros con la persona que les entregó la palabra amorosamente.

Por lo tanto, introducir al niño/a desde el vientre materno en el mundo del lenguaje (oral, literario, musical) fortalece los vínculos afectivos, amplía el vocabulario, fomenta la imaginación, permite conocer las estructuras propias de la lengua, pero, sobre todo, les permite formarse como sujetos pertenecientes a una cultura.

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